Malpartida de Plasencia cuenta con 4.666 habitantes (padrón de 2025) y ocupa 373,0 kilómetros cuadrados de la provincia de Cáceres, con una densidad de 12,5 habitantes por kilómetro cuadrado.
El casco urbano se sitúa a 467 metros de altitud.
Lo que Cuentan los Censos de Malpartida de Plasencia
El registro disponible empieza en 2001 con 4.272 habitantes. El máximo llegó en 2012, con 4.782 vecinos.
La cifra actual, 4.666 habitantes, se mantiene cerca de aquel máximo: solo un 2 % por debajo.
En los últimos años la tendencia se ha dado la vuelta: de 4.635 habitantes en 2022 ha pasado a 4.666 en 2025.
Datos de Malpartida de Plasencia de un Vistazo
- Provincia: Cáceres
- Población: 4.666 habitantes (padrón de 2025)
- Superficie: 373,0 km²
- Altitud: 467 metros
- Coordenadas: 39,9812 N, 6,0438 O
- Gentilicio: chinato
- Código INE: 10116
- Ayuntamiento: www.malpartidadeplasencia.es
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata, serie desde 2001.
Malpartida de Plasencia
En el corazón del norte de Cáceres, allí donde la llanura extremeña se pliega poco a poco hacia las sierras que anuncian Monfragüe, se extiende Malpartida de Plasencia, un municipio que ha hecho de la dehesa su seña de identidad y del silencio de la encina su forma de entender el mundo. A apenas siete kilómetros de la monumental Plasencia, este pueblo de vocación ganadera y ferroviaria custodia uno de los términos municipales más amplios de la comarca, más de trescientos setenta kilómetros cuadrados de campo abierto en los que el ganado, las aves rapaces y las viejas cañadas trashumantes siguen escribiendo la crónica cotidiana de la tierra.
Sus habitantes, conocidos con el sonoro y curioso gentilicio de chinatos, superan hoy los cuatro mil seiscientos vecinos, lo que convierte a Malpartida en una de las localidades más pobladas y dinámicas de su entorno. Situada a cuatrocientos sesenta y siete metros de altitud, en plena comarca de Monfragüe, la villa vive a caballo entre dos realidades que la definen: la de la dehesa infinita salpicada de encinas y alcornoques, y la del Parque Nacional de Monfragüe, cuyo Centro de Visitantes Norte se levanta en su propio término, abriendo las puertas de uno de los santuarios de biodiversidad más importantes de Europa.
Malpartida de Plasencia no es un pueblo que se entregue a la primera mirada. Hay que recorrer sus calles, entrar en la penumbra de su iglesia parroquial, perderse por los caminos que serpentean entre jaras y charcas ganaderas, y alzar la vista al cielo nocturno, uno de los más limpios y estrellados de la península, para comprender que aquí el patrimonio no se limita a la piedra labrada. Aquí la historia se mide también en vuelos de buitre, en calderetas humeantes y en romerías que congregan a todo un pueblo alrededor de su patrona. Este es el retrato de una villa que ha sabido crecer sin renunciar a su alma.
Un lugar con alma
Comprender Malpartida de Plasencia exige asomarse a esa doble naturaleza que la hace singular. Por un lado, es tierra de frontera natural, una atalaya desde la que se accede al bosque mediterráneo mejor conservado del continente; por otro, es un pueblo de raíces profundas, cuyos primeros registros escritos se remontan a finales del siglo XV, cuando en 1494 se cita una población de apenas ciento ochenta almas. Sin embargo, mucho antes de esa fecha, estas tierras ya habían sido pisadas por pastores prerromanos y por los pobladores de una antigua ciudad de época romana, de la que aún se conservan inscripciones, aras votivas y miliarios que hablan del paso de la célebre Vía de la Plata.
La villa nació y creció al abrigo de las cañadas trashumantes, en un cruce de caminos por el que durante siglos han transitado los rebaños que suben y bajan entre los pastos del sur y las montañas del norte. Esa vocación ganadera ha modelado no solo el paisaje, sino también el carácter de sus gentes, acostumbradas a leer el cielo, a conocer cada charca y cada manantial, y a convivir con una fauna salvaje que en muchos lugares de España ha desaparecido. El nombre popular de sus vecinos, los chinatos, envuelve en leyenda ese temperamento recio y algo pendenciero: cuenta la tradición que se ganaron el apodo por arrojar grandes piedras, los llamados chinarros, en sus desavenencias con los placentinos vecinos.
Con la llegada del ferrocarril, Malpartida sumó a su identidad rural una dimensión industrial que también forma parte de su memoria. El Poblado Ferroviario de Monfragüe, levantado junto a la estación en el término municipal, llegó a ser un núcleo de vida propio, con sus casas, sus talleres y su comunidad, y hoy está reconocido como Bien de Interés Cultural, testimonio de una época en que el tren transformó la vida de la España rural. Así, entre la piedra medieval, el tañido de las esquilas y el silbato del ferrocarril, se teje el alma de un pueblo que nunca ha dejado de mirar al futuro sin perder de vista de dónde viene.
Patrimonio que perdura
El gran monumento de Malpartida de Plasencia, aquel que preside el casco antiguo y concentra la devoción y el orgullo de los chinatos, es la iglesia parroquial de San Juan Bautista. Alzada a un centenar de metros al sur de la plaza mayor, esta imponente construcción es mucho más que un templo: es un compendio en piedra de la evolución del arte extremeño entre finales del siglo XV y todo el siglo XVI. Su valor quedó oficialmente reconocido cuando la Junta de Extremadura la declaró Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento, coronando una trayectoria de siglos como referente artístico de toda la comarca.
Las obras se iniciaron a finales del siglo XV o comienzos del XVI, y en su larga construcción intervinieron algunos de los maestros más notables del momento. En 1551 se contrató a Pedro de Ezquerra, que levantó dos tramos de la nave hasta su muerte en 1561; su hijo Juan de Ezquerra continuó la labor a partir de 1562, y finalmente Juan Álvarez completó la fábrica desde 1574, responsabilizándose de la monumental fachada de los pies. El resultado es un edificio de mampostería reforzado con sillares de granito en portadas y contrafuertes, de una sola nave dividida en cuatro tramos, cuya cabecera, la parte más antigua, se cubre con complejas bóvedas de crucería adornadas con terceletes, combados y decoración de bolas que anuncian ya el tránsito hacia el clasicismo.
El interior guarda su joya mayor en el retablo del altar mayor, una obra excepcional del siglo XVII procedente de los prestigiosos talleres vallisoletanos. La escultura fue ejecutada por Agustín Castaño hasta 1619 y completada por Pedro Martínez Hontañón entre 1620 y 1624, mientras que del ensamblaje se encargó Juan Sánchez. Los especialistas consideran este retablo un heredero directo del de la catedral placentina, con la que dialoga en estilo y ambición, y fue cuidadosamente restaurado a finales de la década de 1990 para recuperar todo su esplendor. A él acompañan otros retablos barrocos, como los del Sagrado Corazón, la Virgen y la Inmaculada, fechados en torno a las primeras décadas del siglo XVIII.
El templo atesora, además, detalles de gran interés que premian la mirada atenta del visitante: un notable púlpito de hierro forjado del siglo XVI, cuatro campanas repartidas en la maciza torre de tres cuerpos, y un solado de grandes losas de granito que da al conjunto una solemnidad rotunda. Pero el patrimonio no se detiene en las puertas de la parroquia. Empotrados en sus muros o en su entorno inmediato se conservan piezas de época romana de enorme valor, como un ara votiva dedicada a la divinidad Asitrita y un miliario de la Vía de la Plata, vestigios de aquella antigua población que ocupó estas tierras siglos antes de que se pusiera la primera piedra del templo.
Más allá del casco urbano, Malpartida despliega un rosario de ermitas que jalonan su término y su calendario festivo. La localidad conserva cuatro capillas dedicadas a San Blas, a la Virgen de la Luz —patrona del pueblo—, a San Gregorio y a San Cristóbal. La ermita de San Gregorio, del siglo XVIII, destaca por su retablo mayor y por una elegante cruz de granito que preside su entorno. A ese conjunto se suman huellas todavía más remotas de la ocupación humana de estas tierras: los menhires que se levantan formando un triángulo cerca del Cordel del Valle, o los enterramientos excavados en la roca conocidos como la Tumba Antropomorfa Pardo de los Toros y la Tumba de la Princesa, que recuerdan que aquí se ha vivido y se ha muerto desde tiempos inmemoriales.
Naturaleza en estado puro
Si el patrimonio monumental de Malpartida impresiona, su patrimonio natural llega a sobrecoger. El municipio se estructura en torno al Valle del río Tiétar, y su extenso término está dominado por una dehesa magnífica, cubierta de encinas, alcornoques y jaras, que constituye uno de los ecosistemas más sabios y equilibrados que ha creado la mano del hombre en armonía con la naturaleza. Bajo la sombra de estos árboles centenarios pasta el ganado, se cría el cerdo ibérico y encuentran refugio infinidad de especies, en un paisaje que forma parte de la Reserva de la Biosfera de Monfragüe.
La joya de la corona es la penetración del término municipal en el Parque Nacional de Monfragüe, el único parque nacional de Extremadura y uno de los grandes santuarios del bosque mediterráneo de Europa. En su territorio habitan más de doscientas especies de vertebrados, y Malpartida, que acoge el Centro de Visitantes Norte, se erige en una de las puertas privilegiadas para adentrarse en él. Aquí, el cielo se convierte en espectáculo: sobrevuelan estos parajes el buitre negro, el ave rapaz forestal más grande de Europa, la escasísima águila imperial ibérica y la elegante y frágil cigüeña negra, tres emblemas de una fauna que ha hecho de Monfragüe un destino de peregrinación para los amantes de la ornitología de todo el continente.
Pero la vida no se limita al aire. Entre la vegetación y junto a los cursos de agua se mueven mamíferos como la nutria, el meloncillo o la jineta, testigos de la salud de un entorno en el que el agua juega un papel decisivo. El municipio cuenta con dos embalses de importancia, Las Cobachillas y Horco del Espino, además de numerosas lagunas y charcas ganaderas que salpican la dehesa y sirven de abrevadero al ganado y de refugio a la fauna. Todo ese sistema hídrico convierte el campo malpartideño en un mosaico vivo, cambiante con las estaciones, verde y florido en primavera, dorado y crujiente en el estío.
Uno de los grandes espacios para disfrutar de esta naturaleza es la finca de El Robledo, que abarca más de mil doscientas hectáreas y conserva antiguos sistemas de captación de agua junto a manantiales naturales, con distintas zonas diferenciadas para recorrer a pie y contemplar la dehesa en todo su esplendor. A ella se suman rincones para el descanso como el merendero de San Cristóbal, ideal para tomar contacto con el monte de una manera pausada y familiar.
La grandeza natural de Malpartida no termina cuando cae el sol; al contrario, entonces comienza otro de sus mayores atractivos. Gracias a la escasa contaminación lumínica de su cielo nocturno, la localidad ha sido reconocida como destino Starlight, un sello de calidad que certifica la excepcionalidad de sus noches estrelladas. Contemplar la Vía Láctea desplegándose sobre las siluetas de las encinas es una experiencia que resume, mejor que ninguna otra, lo que significa la naturaleza en estado puro en esta esquina de Extremadura.
Costumbres que viven
El calendario festivo de Malpartida de Plasencia es un fiel reflejo de su alma: intenso, arraigado y profundamente vinculado a la fe y a la tierra. Las celebraciones se suceden a lo largo de todo el año y marcan el pulso de la vida comunitaria, congregando a vecinos y visitantes en torno a tradiciones que se transmiten de generación en generación. El ciclo festivo se abre en pleno invierno, el primer fin de semana de febrero, con la festividad de San Blas, una de las devociones más queridas del pueblo, a la que sigue de cerca el bullicio y la algarabía de los Carnavales, que llenan las calles de color, disfraces y buen humor.
Pero si hay una fiesta que concentra la emoción y el fervor de los chinatos, esa es la de la Virgen de la Luz, patrona de la localidad, cuyas celebraciones se prolongan en los primeros días de abril. Durante esos días, el pueblo se vuelca con su patrona en una sucesión de actos religiosos y festivos que culminan en la tradicional romería, cuando la imagen es acompañada por multitudes en un ambiente de devoción, música y convivencia. Es el momento en que Malpartida muestra su rostro más entrañable, el de una comunidad unida alrededor de sus creencias y de sus mayores, que ven en estas jornadas la ocasión de reencontrarse con familiares y amigos venidos de lejos.
La primavera trae consigo, el nueve de mayo, la festividad de San Gregorio, íntimamente ligada a la ermita del mismo nombre y a la vida del campo, en una época en la que la dehesa luce todo su verdor. Ya en el corazón del verano, el primer fin de semana de julio, se celebra la gran Feria y Fiestas del municipio, el acontecimiento más multitudinario del año, con verbenas, actividades para todas las edades y un ambiente festivo que se prolonga hasta la madrugada. El ciclo se cierra un par de semanas después con la romería de San Cristóbal, que lleva a los vecinos hasta el merendero y la ermita del patrón de los caminantes, en un broche que reconcilia de nuevo al pueblo con su entorno natural.
Detrás de cada una de estas citas late un rico entramado de costumbres que dan sentido a la comunidad: la elaboración de dulces caseros para las fiestas, los cánticos y las danzas populares, el toque de las campanas de San Juan Bautista anunciando las celebraciones, o el orgullo con que los chinatos reivindican su gentilicio y su historia. Malpartida es, en este sentido, un pueblo que sabe que las tradiciones no se conservan encerrándolas en un museo, sino viviéndolas cada año con la misma ilusión, de modo que la fe, la fiesta y la memoria colectiva se renuevan una y otra vez sin perder ni un ápice de su autenticidad.
Sabores con historia
La gastronomía de Malpartida de Plasencia es hija directa de su paisaje: nace de la dehesa, del ganado y de la cocina paciente de quienes durante siglos han sabido sacar el máximo partido a los productos de la tierra. En una comarca donde la ganadería es reina, no puede sorprender que el gran protagonista de la mesa sea la carne, y muy especialmente los productos ibéricos derivados del cerdo criado en libertad entre encinas y alcornoques, que se alimenta de la bellota y da como fruto jamones, lomos y embutidos de una calidad que ha hecho célebre a toda Extremadura.
Entre los platos que mejor definen la cocina local destaca la caldereta de cabrito, un guiso contundente y sabroso, heredero directo de la tradición pastoril y trashumante que ha marcado la historia del municipio. Junto a ella, las migas ocupan un lugar de honor: ese plato humilde y reconfortante, elaborado con pan, ajo, pimentón y los ingredientes que la despensa permitiese, que fue durante generaciones el sustento de pastores y jornaleros y que hoy se disfruta como auténtico manjar de raíces campesinas. No faltan tampoco los platos de caza, aprovechando la riqueza cinegética del monte, ni el refrescante gazpacho que alivia los rigores del caluroso verano extremeño.
La cocina de Malpartida se entiende siempre en relación con su entorno. La misma dehesa que alimenta al ganado y da cobijo a las rapaces provee de leña para el fuego lento, de setas en otoño, de miel y de las hierbas que aromatizan los guisos. Cada plato cuenta, en el fondo, una historia de aprovechamiento y respeto por la tierra, de una cocina que nunca desperdicia y que convierte lo sencillo en memorable. Comer en Malpartida es, en cierto modo, saborear siglos de vida en la dehesa, de trashumancia y de sabiduría transmitida de fogón en fogón.
El capítulo dulce merece mención aparte, porque en él Malpartida atesora un repertorio de repostería tradicional que perfuma las casas en los días de fiesta. Los orejones, las rosas, los rizos y las inconfundibles perrunillas —esos bizcochos de manteca que se deshacen en la boca— son las estrellas de una tradición pastelera que se prepara artesanalmente, siguiendo recetas heredadas, para acompañar las celebraciones religiosas y familiares. Elaborados con manteca, harina, azúcar y el cariño de las manos que los amasan, estos dulces son mucho más que un postre: son un patrimonio comestible que conecta a los chinatos con sus abuelas y con las cocinas de antaño.
Así, del ibérico de la dehesa a la caldereta pastoril, de las migas de los jornaleros a las perrunillas de las fiestas, la mesa de Malpartida de Plasencia se convierte en el mejor resumen de todo lo que este pueblo es y ha sido. Cada bocado guarda el sabor de la encina, del ganado y del fuego lento, y en cada receta perdura la memoria de una comunidad que ha hecho de la sencillez y de la autenticidad su mayor tesoro. Sentarse a la mesa en esta villa cacereña es, en definitiva, dejarse abrazar por la generosidad de la dehesa y comprender que aquí, entre encinas y estrellas, los sabores también tienen historia.
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