Casas Del Castañar

Casas Del Castañar. Pueblos de Caceres

Casas del Castañar

En la ladera sur de la sierra de San Bernabé, a unos 675 metros de altitud y asomado al corazón del Valle del Jerte, se encuentra Casas del Castañar, un pequeño municipio cacereño que parece haberse construido a la medida de la montaña. Sus poco más de quinientos habitantes conviven con un paisaje escalonado de bancales, castañares y cerezos que trepan por las faldas de la sierra de Tormantos, dibujando terrazas que en primavera se cubren de flor blanca y en otoño se tiñen de cobre. Es uno de esos lugares donde el nombre lo explica casi todo: las casas y el castañar, la vivienda humilde de la gente serrana y el árbol que durante siglos les dio de comer, cobijo y trabajo.

El pueblo nació de la necesidad y de la tierra. Su origen se remonta al despoblado medieval de Asperilla, documentado ya en el siglo XII, cuyos vecinos fueron levantando pequeñas construcciones y secaderos entre los castaños para aprovechar los frutos del monte. Con el tiempo, aquellas casas dispersas se agruparon y dieron forma al núcleo actual, un laberinto de calles empinadas, adoquinadas y estrechas donde la piedra, la madera y el barro se entrelazan en fachadas que cuentan la historia de la arquitectura popular del Jerte. Caminar por Casas del Castañar es hacerlo cuesta arriba y cuesta abajo, entre voladizos que casi se tocan de un lado a otro de la calle y solanas de madera oscurecida por el sol y la lluvia de generaciones.

Hoy Casas del Castañar es un refugio para quien busca la Extremadura verde y auténtica, lejos de los circuitos masificados. Aquí el turismo llega con paso tranquilo, atraído por los miradores que se abren sobre el valle, por los senderos que conducen a castaños centenarios y por la promesa de un paisaje que cambia por completo con cada estación. Es un pueblo de agua, de bosque y de fruta, donde la cereza manda en junio, la castaña en octubre y la nieve corona las cumbres en invierno. Un lugar que ha sabido conservar su esencia sin renunciar a mostrarla con orgullo a quien se acerca a descubrirla.

📝 Contenido:
  1. Un lugar con alma
    1. Patrimonio que perdura
    2. Naturaleza en estado puro
    3. Costumbres que viven
    4. Sabores con historia

Un lugar con alma

Hay pueblos que se recorren y pueblos que se sienten, y Casas del Castañar pertenece a los segundos. Su alma no está solo en los monumentos ni en las cifras, sino en la manera en que la vida ha ido moldeándose al ritmo de la montaña. Cada calle empinada, cada secadero de madera, cada bancal ganado a la ladera es el testimonio de un pueblo que aprendió a vivir en pendiente, a domesticar el agua de las gargantas y a sacar sustento de un terreno que nunca lo puso fácil. Esa relación íntima y tenaz con el entorno es lo que da al lugar su carácter inconfundible.

El visitante lo percibe apenas llega. El silencio, roto solo por el rumor de un arroyo o el repique lejano de la campana de la iglesia, invita a bajar el paso. Las fachadas entramadas, con sus solanas orientadas al sur para atrapar el sol, hablan de una arquitectura pensada para la supervivencia: esas galerías abiertas servían para secar pimientos, higos y castañas, y hoy siguen siendo la seña de identidad del caserío. La memoria de aquella economía de montaña permanece viva en los muros, en los nombres de las calles y en la sabiduría transmitida de padres a hijos sobre cuándo injertar el cerezo o cómo recoger la castaña.

Casas del Castañar es, en definitiva, un pueblo con una personalidad forjada por la geografía y por la constancia de sus gentes. Un lugar donde el patrimonio, la naturaleza, las costumbres y los sabores no son compartimentos separados, sino hilos de un mismo tejido. Para entenderlo de verdad conviene detenerse en cada uno de ellos, porque en su conjunto componen el retrato fiel de una comunidad que ha sabido mantener el equilibrio entre lo que fue y lo que es.

Patrimonio que perdura

El monumento que preside la vida del pueblo es la iglesia parroquial de San Juan Bautista, un templo levantado en el siglo XVI que constituye el principal referente arquitectónico del núcleo. Su fábrica de mampostería y sillería, sobria y robusta como corresponde a la tradición constructiva serrana, se completa con una torre prismática situada en el lado sur, que se alza sobre el caserío y sirve de punto de orientación en la maraña de calles empinadas. En su interior se custodia el patrimonio religioso que ha acompañado a los vecinos en bautizos, bodas y funerales durante siglos, y su advocación a San Juan Bautista vincula al pueblo con una devoción antiquísima muy arraigada en toda la comarca.

A la riqueza del templo mayor se suma la ermita del Cristo del Humilladero, una construcción de estilo barroco fechada en el siglo XVIII que guarda la imagen venerada en una de las celebraciones más sentidas del calendario local. Estas ermitas de las afueras, tan características de los pueblos extremeños, funcionaban como puertas espirituales del núcleo y siguen siendo hoy lugares de recogimiento y de encuentro en los días señalados. El Cristo del Humilladero conserva un fervor popular que trasciende lo puramente artístico y se adentra en el terreno de la identidad colectiva.

Pero el patrimonio de Casas del Castañar no se limita a lo religioso ni a lo reciente. En su término municipal se conserva un vestigio mucho más antiguo: el yacimiento de los Riscos de Villavieja, un castro de origen vetón atribuido a la cultura celta prerromana, donde aún pueden rastrearse restos de muralla y accesos que evidencian la ocupación de estas tierras hace más de dos milenios. Encaramado a un paraje agreste y estratégico, este enclave arqueológico es también un balcón privilegiado desde el que observar el vuelo de las aves rapaces, uniendo así el interés histórico con el natural en un mismo escenario.

La memoria etnográfica del pueblo tiene además su propio santuario. El Museo Etnográfico del doctor Marcelino Sayans reúne cerca de tres mil piezas entre libros, obras de arte y objetos arqueológicos, fruto de la labor coleccionista de una figura ligada a la localidad, y ofrece al visitante una lectura profunda de la cultura material de la zona. A esta institución se suma el centro CIMBRA, dedicado a la interpretación de la memoria biocultural del territorio, un espacio que ayuda a comprender cómo el ser humano y el paisaje del Jerte se han moldeado mutuamente a lo largo de los siglos. Juntos, museo y centro de interpretación completan un patrimonio que no solo se contempla, sino que se explica y se transmite.

Quizá lo más valioso, sin embargo, sea el conjunto urbano en sí mismo. Las elevadísimas casas entramadas de varias alturas, con sus voladizos y sus solanas en el último nivel, constituyen un patrimonio arquitectónico vivo, habitado, que ilustra como pocos la adaptación de la vivienda popular a la economía de montaña. Antaño, esos pisos superiores abiertos al sol servían de secaderos para los pimientos, los higos y las castañas; hoy, esas mismas fachadas de piedra y madera son el mayor atractivo estético del pueblo y un ejemplo cuidadosamente conservado de la arquitectura tradicional del Valle del Jerte.

Naturaleza en estado puro

Si algo define a Casas del Castañar es su envoltura verde. El municipio se recuesta sobre la ladera meridional de la sierra de San Bernabé, en pleno Valle del Jerte, y desde allí domina uno de los paisajes de montaña media más hermosos de Extremadura. Los castañares que dan nombre al pueblo tapizan las laderas con su fronda densa, y entre ellos sobreviven auténticos monumentos vegetales: castaños singulares y centenarios que el visitante puede descubrir siguiendo la senda local SL-CC-35 “Los Castaños”, un itinerario cómodo que enlaza cinco ejemplares de porte extraordinario. El más célebre es el Castaño Condelobo, un coloso de tronco descomunal que impone respeto y que resume por sí solo la longevidad de estos bosques.

El otro gran protagonista del paisaje es el cerezo. En los bancales escalonados que rodean el pueblo crecen miles de cerezos que, en conjunto con el resto del valle, superan el millón y medio de árboles. Su floración, hacia finales de marzo y principios de abril, transforma la comarca en un mar de flores blancas que atrae a viajeros de todo el mundo. Es un espectáculo efímero y sobrecogedor, uno de esos fenómenos naturales que marcan el calendario emocional de toda una tierra. En verano esos mismos árboles se cargan de fruta roja, y en otoño el castañar toma el relevo con su explosión de ocres y dorados, garantizando que Casas del Castañar tenga algo hermoso que ofrecer en cualquier estación.

El agua es la otra gran señora de este territorio. El río Jerte, que nace en el cercano puerto de Tornavacas y baja encajonado dando nombre a todo el valle, recoge las aguas de innumerables gargantas y arroyos que descienden atronando desde las cumbres. Estas gargantas, verdaderos tesoros geológicos y medioambientales, forman pozas, saltos y cascadas de agua limpísima que en verano se convierten en refrescantes piscinas naturales. La montaña está surcada de estos cauces que, durante milenios, han esculpido la roca granítica hasta darle formas caprichosas.

A muy poca distancia, el municipio limita con uno de los espacios protegidos más emblemáticos de la región: la Reserva Natural Garganta de los Infiernos, declarada en 1994 y extendida por más de siete mil hectáreas entre los términos de Tornavacas, Jerte y Cabezuela del Valle. Su enclave más famoso son Los Pilones, un conjunto de marmitas de gigante —grandes pozas circulares excavadas en la roca por la fuerza erosiva del agua— que constituyen una de las imágenes más reconocibles del Valle del Jerte. La reserva alberga una biodiversidad notable: bosques de robles y castaños en las cotas medias, alisos, fresnos y sauces en las riberas, y una fauna que incluye la trucha en los ríos, la esquiva cigüeña negra, águilas reales, halcones peregrinos y mamíferos como la nutria. Es la naturaleza en estado puro, a las puertas mismas del pueblo.

Para contemplar todo este despliegue, Casas del Castañar cuenta con miradores privilegiados. El Mirador de la Era de San Bernabé, accesible a través de la ruta PR-CC-24, ofrece una panorámica excepcional del valle, con el río serpenteando en el fondo y los pueblos vecinos salpicando las laderas de enfrente. Desde estos balcones naturales, el senderista comprende de un solo golpe de vista por qué esta comarca es conocida como uno de los grandes paraísos verdes de la península. Los amantes de la bicicleta de montaña también encuentran aquí su terreno, con rutas que recorren la sierra de Tormantos entre castaños, robles y prados de altura.

Costumbres que viven

El calendario festivo de Casas del Castañar es fiel reflejo de su carácter agrícola y ganadero, y arranca con fuerza en pleno verano. El 8 de agosto se celebra la tradicional Feria de Ganado, una cita que hunde sus raíces en la economía serrana de trato y trueque, cuando los vecinos y los pueblos de alrededor se reunían para comprar y vender reses. Aunque los tiempos han cambiado, la feria conserva su sabor de encuentro comunitario y de fiesta compartida, y sirve de pórtico a los días grandes del pueblo.

Pocos días después, el 16 de agosto, llega la festividad de San Roque, el patrón cuya devoción se extiende por tantos pueblos de España. En Casas del Castañar, esta celebración se vive con especial intensidad y mantiene vivas costumbres de raíz muy antigua como el Ramo y las capeas, que combinan el componente religioso de la procesión con el bullicio popular de los festejos taurinos tradicionales. Es el momento en que el pueblo se vuelca en la calle, en que regresan los que emigraron y en que las varias generaciones se reúnen en torno a una misma mesa y una misma música. La emoción de San Roque resume el espíritu festivo y hospitalario de esta gente de montaña.

El otoño trae sus propias citas. El 14 de septiembre se honra al Cristo del Humilladero, en torno a la ermita barroca que lleva su nombre, en una jornada de profundo arraigo devocional. Y el 8 de octubre le toca el turno a la Virgen del Rosario, cerrando así un ciclo festivo que acompaña las labores del campo, desde la recogida de la fruta hasta la caída de la castaña. Estas fechas marcan el pulso de la comunidad y demuestran hasta qué punto la religiosidad popular sigue siendo, en Casas del Castañar, un vehículo de cohesión y de identidad.

Pero la tradición más grande, la que trasciende las fronteras del municipio, es la Fiesta del Cerezo en Flor del Valle del Jerte, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Se trata de una celebración comarcal que busca reflejar la vida entera del valle a través de la floración de sus más de millón y medio de cerezos. Cada primavera, la fiesta va rotando su inauguración y su clausura por los distintos pueblos, y Casas del Castañar tiene el honor de acoger habitualmente los actos de clausura, poniendo el broche a semanas de flor, música, mercados y puertas abiertas. Durante estos días se muestran las bodegas, fraguas y lagares tradicionales, y las casas de arquitectura histórica abren sus portones para enseñar cómo se vivía y trabajaba en el valle. Es la fiesta que convierte a toda la comarca en un jardín y que mejor expresa el vínculo ancestral entre estas gentes y su tierra.

Junto a estas grandes citas perviven mil pequeñas costumbres cotidianas: la recogida colectiva de la castaña, las tertulias en las solanas al calor del sol, el injerto del cerezo transmitido como un arte de generación en generación. Son gestos humildes, pero son precisamente ellos los que mantienen viva el alma del pueblo y los que el visitante atento sabe apreciar como el verdadero tesoro de Casas del Castañar.

Sabores con historia

La despensa de Casas del Castañar es, ante todo, la despensa del Valle del Jerte, y en ella reina una soberana indiscutible: la cereza. La comarca cuenta con la Denominación de Origen Protegida Cereza del Jerte, un sello que ampara la producción de estos valles cacereños y que garantiza la calidad de una fruta reconocida en media Europa. Dentro de esta denominación brilla con luz propia la picota, esa cereza singular que se distingue por carecer de rabo o pedúnculo, pues se desprende de manera natural del árbol al madurar, lo que le da fama de fruta tan orgullosa que “se suelta sola”. La picota se comercializa en la segunda mitad de junio y constituye, con diferencia, el producto más célebre y exportado de la comarca.

Bajo el paraguas de la picota conviven varias variedades autóctonas de nombre propio. La Ambrunés es la más dulce y la más abundante, de color oscuro y buen calibre; el Pico Colorado, de tono más claro y maduración tardía, resiste especialmente bien la conservación; el Pico Negro ofrece un sabor menos dulce y un aspecto más sombrío; y el Pico Limón Negro, oscuro y muy dulce, tiene la singularidad de no producirse en ninguna otra parte del mundo. A ellas se añade la Navalinda, variedad temprana que sí conserva el rabito y que abre la campaña ya en mayo. Este mosaico de cerezas convierte al Jerte en un paraíso frutícola sin parangón, y en Casas del Castañar la fruta se come fresca, en mermeladas, en licores y en cuanto postre imagine la repostería local.

El segundo pilar gastronómico del pueblo lo aporta el árbol que le da nombre: la castaña. Durante siglos, este fruto fue el alimento básico de la gente serrana, que lo secaba en las solanas y lo consumía asado, cocido o convertido en harina. La castaña sigue presente en la mesa otoñal, asada al calor de la lumbre o incorporada a guisos y dulces, y es, junto a la cereza, el emblema comestible del municipio. La recogida de la castaña marca el otoño y perpetúa un vínculo alimentario que se remonta a los orígenes mismos del pueblo, cuando los secaderos de castañas dieron pie al caserío actual.

La cocina de puchero completa este recetario de montaña con contundencia y sabor. La caldereta de cordero, guiso emblemático de toda Extremadura, encuentra aquí una versión serrana espléndida, y a ella se suma el cabrito, muy apreciado en estas tierras de pastoreo. Las migas extremeñas, elaboradas con pan, ajo, pimentón y sus tropezones de tocino y chorizo, son el plato humilde por excelencia, ideal para las mañanas frías de la sierra. Y del cerdo se aprovecha todo en forma de excelentes jamones, morcillas y chorizos, herencia de una cultura de matanza que aún se mantiene en muchas casas.

El capítulo dulce es igualmente goloso y de raíz muy tradicional. Las perrunillas, esos mantecados quebradizos espolvoreados de azúcar, comparten protagonismo con los pestiños y los buñuelos, repostería ligada a las fiestas y a las celebraciones familiares que endulza cualquier ocasión. Y para acompañar o rematar la comida no falta el aguardiente, el destilado casero elaborado en las viejas alquitaras del valle, que se toma como digestivo o se reserva para los días de fiesta. En cada uno de estos sabores late la historia de un pueblo que hizo de la montaña su hogar y de sus frutos su forma de entender el mundo. Sentarse a la mesa en Casas del Castañar es, al fin y al cabo, la mejor manera de comprender el alma de este rincón del Valle del Jerte, donde la cereza, la castaña y el buen guiso guardan la memoria viva de toda una comunidad.

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