Pollença cuenta con 17.807 habitantes (padrón de 2025) y ocupa 151,7 kilómetros cuadrados de la provincia de Islas Baleares, con una densidad de 117,4 habitantes por kilómetro cuadrado.
Está prácticamente a nivel del mar, a 47 metros de altitud.
Lo que Cuentan los Censos de Pollença
La serie de población de Pollença arranca en 1842, cuando se le contaron 6.422 habitantes. Desde entonces no ha dejado de crecer.
El padrón de 2025 marca 17.807 habitantes, la cifra más alta de toda la serie.
Datos de Pollença de un Vistazo
- Provincia: Islas Baleares
- Población: 17.807 habitantes (padrón de 2025)
- Superficie: 151,7 km²
- Altitud: 47 metros
- Coordenadas: 39,8772 N, 3,0164 E
- Gentilicio: pollencí
- Código INE: 07042
- Ayuntamiento: www.ajpollenca.net
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata, serie desde 1842.
Pollença
Un lugar con alma
Entre montañas que parecen esculpidas por el tiempo, calas de agua cristalina y un paisaje donde la historia se respira en cada piedra, se encuentra Pollença, uno de los pueblos con más encanto, carácter y sensibilidad de toda Mallorca. Situado en el extremo norte de la isla, este lugar combina la serenidad de la naturaleza con un legado cultural extraordinario. Pasear por sus calles es descubrir una belleza tranquila, hecha de silencio, luz cálida y una arquitectura que parece abrazar al visitante.
La esencia de Pollença se siente desde el primer momento: el murmullo de las conversaciones en la Plaça Major, el eco de los pasos en sus calles empinadas, el aroma de café por la mañana y el brillo del sol iluminando las casas de marés. El pueblo ha sido hogar e inspiración de artistas, escritores y viajeros seducidos por su atmósfera íntima y su paisaje envolvente. Aquí la vida fluye con un ritmo diferente, más lento, más profundo, más conectado con lo auténtico.
Con cada estación, Pollença se transforma: en primavera, las montañas se cubren de verde vibrante; en verano, el cielo se vuelve de un azul intenso y las playas se llenan de luz; en otoño, la sierra adquiere matices dorados y rojizos; en invierno, el silencio se intensifica y la calma se vuelve casi poética. Pollença es un lugar con alma, un refugio donde el tiempo parece suspenderse para permitir que el corazón contemple y respire.
Patrimonio que perdura
El patrimonio de Pollença es inmenso y único. En el corazón del pueblo se alza la Iglesia de la Mare de Déu dels Àngels, con su fachada sobria y su interior luminoso, donde destaca un impresionante retablo barroco. Frente a ella, la Plaça Major se convierte en el punto de encuentro esencial, escenario de mercados, tertulias y celebraciones que le dan vida al pueblo.
Uno de los símbolos más emblemáticos es el Calvari, una escalinata de 365 peldaños que asciende hasta una pequeña capilla situada en lo alto de una colina. La subida, flanqueada por cipreses, ofrece un recorrido íntimo y meditativo; desde arriba, las vistas sobre el valle y las montañas son sencillamente inolvidables.
El Puente Romano, que aunque probablemente sea medieval en su forma actual, recuerda la antigüedad del municipio y su importancia histórica. Sus arcos de piedra, rodeados de naturaleza, crean un paisaje sereno que invita a detenerse. También destacan antiguas casas señoriales, patios interiores, torres defensivas y calles estrechas que conservan un trazado medieval.
El patrimonio cultural de Pollença se expresa también en su intensa actividad artística: talleres, museos y galerías convierten al pueblo en un epicentro creativo que mantiene viva su tradición como refugio para pintores, poetas y músicos.
Naturaleza en estado puro
El entorno natural de Pollença es uno de los más espectaculares de la isla. La Serra de Tramuntana abraza el pueblo y se despliega en montañas escarpadas, valles profundos y miradores que parecen tocar el cielo. Rutas como la subida al Puig de Maria —una colina coronada por un antiguo santuario— ofrecen vistas panorámicas que muestran la esencia del paisaje mallorquín: mar, montaña y luz.
La cercana península de Formentor es un universo en sí misma: acantilados majestuosos, caminos llenos de pinos, playas de arena blanca y un mar turquesa que emociona. Lugares emblemáticos como el Mirador Es Colomer, la Playa de Formentor o el Faro de Cap de Formentor regalan algunos de los horizontes más impresionantes del Mediterráneo.
Las playas y calas de la zona —Cala Sant Vicenç, Cala Barques, Cala Molins, Cala Clara— combinan aguas cristalinas con un entorno montañoso que crea un contraste único. Cada cala ofrece una experiencia diferente: algunas son íntimas y escondidas; otras, amplias y luminosas.
La naturaleza aquí invita al senderismo, a la observación, a la contemplación. La fauna marina, las aves migratorias, los bosques de pinos, los caminos de piedra seca y las laderas de encinares conforman un ecosistema vibrante, lleno de vida y belleza.
Costumbres que viven
Las tradiciones de Pollença son profundas, auténticas y llenas de emoción. Su fiesta más emblemática es El Davallament, una representación religiosa que tiene lugar el Viernes Santo en la escalinata del Calvari. Es un acto solemne y de gran impacto visual, donde cientos de personas se reúnen para presenciar un ritual que ha pasado de generación en generación.
El Pi de Sant Antoni es otra celebración única que demuestra el espíritu festivo del pueblo. En ella, los vecinos transportan un enorme pino desde el campo hasta la plaza, donde se erige en un ambiente lleno de música, esfuerzo colectivo y tradición ancestral.
Los mercados semanales llenan de vida las calles, mostrando productos locales y artesanía. Además, el Festival de Música de Pollença, celebrado en verano, convierte el pueblo en un encuentro cultural que atrae a artistas internacionales.
Los oficios tradicionales —agricultura, artesanía, trabajo en piedra seca— siguen vigentes y forman parte del ADN identitario del municipio. En Pollença, las tradiciones no se muestran: se sienten, se viven, se comparten.
Sabores con historia
La gastronomía de Pollença es una celebración de la tierra y del mar. Los productos locales —aceite de oliva, naranjas y limones del valle, almendras, miel, hierbas aromáticas— son la base de platos tradicionales llenos de sabor.
Las sopes mallorquines, el frit, el tumbet, el arròs brut y el clásico pa amb oli son parte esencial del recetario local. Los embutidos artesanales, como la sobrasada o los botifarrons, conservan métodos de elaboración centenarios que garantizan su profundidad de sabor.
Los pescados frescos de la zona, especialmente en Cala Sant Vicenç o el Port de Pollença, permiten disfrutar de recetas marineras con un toque mediterráneo único: calamares, cap-roig, raor, puerro con pescado al horno y otros platos que capturan la esencia del litoral.
En repostería, las cocas dulces, las ensaimadas y los postres elaborados con almendra forman parte inseparable de la tradición culinaria del municipio.
Comer en Pollença es un acto emocional: una manera de saborear la historia, el paisaje y la identidad del pueblo.
Un destino que deja huella
Pollença es un lugar que toca el alma. Su equilibrio entre historia, paisaje, cultura y vida cotidiana crea una experiencia completa, profunda y memorable. Quien recorre sus calles siente el peso amable del pasado; quien sube al Calvari descubre la belleza desde las alturas; quien contempla Formentor comprende la grandeza del Mediterráneo.
Aquí, la autenticidad se respira, la calma se contagia y la belleza permanece. Pollença es un pueblo que invita a volver, a detenerse, a contemplar y a sentir.
Por todo ello, Pollença es un destino que deja huella, un rincón donde la vida se vuelve más luminosa y donde cada visita se transforma en un recuerdo que acompaña para siempre.
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