Tornavacas
En el extremo más alto del Valle del Jerte, allí donde la carretera se retuerce en curvas para salvar la montaña y el aire empieza a saber a cumbre, se levanta Tornavacas, la cabecera de este valle cacereño que en primavera se cubre de flor blanca y en otoño se enciende de castaños. Es la puerta natural de entrada al valle desde la meseta castellana, el primer pueblo que recibe al viajero que baja desde Ávila cruzando el Puerto de Tornavacas, y uno de esos lugares en los que la piedra, la madera y el agua se han puesto de acuerdo para contar una historia larga y verdadera.
El nombre de Tornavacas guarda una leyenda que sus vecinos repiten con orgullo. Cuentan que procede de la frase “ya tornan las vacas”, y la tradición la vincula a los tiempos de la Reconquista y a una estratagema atribuida al rey Ramiro II, cuando se ataron teas encendidas a los cuernos de las reses para confundir y espantar a las tropas enemigas. Sea leyenda o memoria deformada por los siglos, lo cierto es que el topónimo ha quedado unido a un pueblo de vocación ganadera y trashumante, encajado entre gargantas y riscos, que aprendió a vivir en la frontera entre dos mundos: el de la sierra y el del valle, el de la piedra fría y el de la fruta dulce.
Pasear hoy por Tornavacas es adentrarse en un laberinto de calles empinadas y estrechas, flanqueadas por casas altas de entramado de madera, donde asoman los blasones de familias antiguas y los dinteles labrados en granito. Aquí durmió un emperador camino de su retiro, aquí nace uno de los ríos más hermosos de Extremadura y aquí arranca una de las rutas históricas más célebres del país. Tornavacas no es un pueblo de paso, aunque lo parezca desde la carretera: es un destino en sí mismo, con alma serrana y raíces hondas.
Un lugar con alma
Hay pueblos que se entienden de un vistazo y pueblos que hay que caminar despacio para comprenderlos. Tornavacas pertenece a los segundos. Su trazado urbano no obedece a la lógica ordenada de la llanura, sino a la necesidad de adaptarse a una ladera pronunciada, donde cada casa se apoya en la anterior y las calles suben y bajan buscando la mejor manera de vencer la pendiente. El resultado es un conjunto de una autenticidad conmovedora, uno de los ejemplos mejor conservados de la arquitectura popular serrana del Valle del Jerte.
Las casas tradicionales de Tornavacas son altas y profundas, levantadas con un esqueleto de vigas de madera de castaño que se rellena con adobe, piedra y cal. Ese sistema constructivo, el entramado, permitía ganar altura sin gastar demasiada piedra y aprovechar al máximo un suelo escaso y en cuesta. En la planta baja vivía el ganado y se guardaban los aperos; en las superiores habitaba la familia y se secaban las castañas y los frutos. Los balcones de madera, los aleros pronunciados y los muros encalados componen una estampa que apenas ha cambiado en siglos, y que convierte el simple hecho de perderse por el casco antiguo en una experiencia de viaje en el tiempo.
El corazón de esta trama es la Calle Real, la vía principal que atraviesa el pueblo dividida tradicionalmente en varios tramos. Por ella circuló durante siglos la vida entera de Tornavacas: el comercio, las procesiones, los arrieros que subían y bajaban del puerto. En esta calle se concentró además, hasta finales del siglo XV, una notable comunidad judía, uno de esos capítulos que recuerdan el pasado plural y fronterizo de la villa. Tornavacas obtuvo su condición de villa en el año 1369, cuando fue cedida a García Álvarez de Toledo, y desde entonces creció como enclave estratégico en el camino entre Castilla y Extremadura.
Todo en Tornavacas remite a esa doble condición de frontera y encrucijada: frontera entre la montaña y el valle, entre lo áspero y lo fértil; encrucijada de caminos por los que pasaron pastores, comerciantes, peregrinos e incluso un emperador. Comprender el pueblo es comprender esa tensión permanente entre la dureza del clima de altura y la generosidad de una tierra que, un poco más abajo, se llena de cerezos. Esa mezcla es su esencia, y es lo que le da ese carácter recio y a la vez acogedor que se percibe nada más llegar.
Patrimonio que perdura
El monumento mayor de Tornavacas es su Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, un templo de notable empaque que preside el pueblo y concentra buena parte de su memoria devocional y artística. De estilo predominantemente barroco, alberga en su interior valiosos retablos de los siglos XVI y XVII, además de piezas de gran valor como una cruz procesional del siglo XVI y una custodia de plata del siglo XVII. El conjunto fue reconocido oficialmente por su importancia patrimonial y declarado Bien de Interés Cultural en 1982, un sello que confirma lo que cualquier visitante intuye al cruzar su umbral: que está ante un templo excepcional para un pueblo de montaña.
Alrededor de la iglesia se despliega un patrimonio menor pero riquísimo en detalles. La Ermita del Cristo del Humilladero, construida en granito, tiene un valor añadido más allá del religioso, pues marca el punto de partida de la Ruta de Carlos V, la senda histórica que arranca precisamente aquí. No lejos, en las alturas cercanas a la Garganta de San Martín, sobreviven las ruinas de la Ermita de Santa María, un lugar que compensa la fatiga de la subida con vistas panorámicas sobre el valle. Estas ermitas, unas en pie y otras vencidas por el tiempo, jalonan el término municipal como hitos de una religiosidad antigua ligada a la tierra y a los caminos.
El caserío guarda además joyas de la arquitectura civil. La más célebre es la Casa de Juan Méndez Dávila, un edificio de aire renacentista que tiene el honor de haber alojado nada menos que al emperador Carlos V durante los días 11 y 12 de noviembre de 1556, cuando el monarca, ya retirado de la política, se dirigía hacia el Monasterio de Yuste para pasar allí sus últimos años. Aquella estancia imperial dejó una huella imborrable en la identidad del pueblo, que la conmemora y la celebra con especial cariño. Que un emperador que había gobernado medio mundo hiciera noche en las casas de una villa serrana dice mucho de la posición estratégica de Tornavacas.
Completan este catálogo patrimonial una serie de elementos que hablan del día a día de otras épocas. La Picota, un rollo jurisdiccional que se remonta al siglo XIV, recuerda los tiempos en que la villa ejercía justicia propia y simbolizaba su autonomía como señorío. El Puente Cimero, de origen medieval, salva las aguas del río Jerte y sirvió durante siglos como paso fundamental para los vecinos y el ganado. Y las viejas fuentes públicas, como la Fuente de los Mártires y la Fuente del Pilón, ambas del siglo XVIII, siguen recordando la importancia vital que tuvo siempre el agua en un pueblo de altura donde manaba abundante y limpia. Cada uno de estos elementos, aparentemente humilde, forma parte de un conjunto que ha sabido perdurar y que convierte a Tornavacas en un pequeño museo al aire libre de la vida serrana extremeña.
Naturaleza en estado puro
Si el patrimonio de Tornavacas emociona, su entorno natural deja sin palabras. El pueblo tiene el privilegio geográfico de custodiar el nacimiento del río Jerte, que brota en las alturas del término municipal, en las inmediaciones del Risco de la Campana. Desde ese manantial primero, un hilo de agua fría de montaña, se forma el río que da nombre y sentido a todo el valle, ese cauce que baja saltando entre piedras y que riega los famosos cerezos de la comarca. Pocos pueblos pueden presumir de ver nacer, literalmente, el río que los define.
El otro gran referente natural es el Puerto de Tornavacas, un paso de montaña situado a unos 1.275 metros de altitud que separa el Valle del Jerte de las tierras de Ávila y del Sistema Central. Este collado, además de ser la puerta histórica de entrada al valle, ofrece miradores desde los que la vista se derrama sobre todo el Jerte: el fondo del valle, las laderas cubiertas de cerezos y castaños, los pueblos blancos desperdigados y, al fondo, las siluetas azuladas de las sierras. Es uno de esos lugares donde uno entiende de golpe la geografía entera de una comarca. Otro balcón privilegiado es el Mirador del Monte de la Cruz, en el paraje de Las Navas, ideal para contemplar el atardecer sobre la sierra.
Los alrededores de Tornavacas son un paraíso para el senderismo y el amante de la montaña. El término municipal se enclava entre las estribaciones de la Sierra de Béjar y de Gredos, con cumbres imponentes y gargantas de aguas cristalinas que descienden entre bosques de castaño y roble. Muy cerca se extiende la Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos, uno de los espacios protegidos más emblemáticos de Extremadura, célebre por sus Pilones, esas marmitas gigantes que el agua ha ido excavando en la roca a lo largo de milenios y que forman piscinas naturales de una belleza sobrecogedora. Gargantas como la de San Martín o la del Yedrón completan un paisaje de agua y bosque que cambia por completo con las estaciones.
La riqueza natural del entorno se protege también a través de la Reserva Regional de Caza La Sierra, un espacio donde habitan especies emblemáticas de la alta montaña como la cabra montés, las águilas y el halcón peregrino, que sobrevuelan los riscos y las laderas. En primavera, todo el valle se transforma con el espectáculo del cerezo en flor, cuando millones de árboles se cubren de blanco y tiñen las laderas de un color casi irreal; en otoño, en cambio, son los castaños y los bosques de ribera los que se visten de ocres y dorados. Tornavacas ofrece así una naturaleza en estado puro, cambiante y viva, que se disfruta igual desde una ventana del pueblo que caminando por sus sendas serranas.
Costumbres que viven
El calendario festivo de Tornavacas es un fiel reflejo de su historia y de su relación con la tierra, con celebraciones que se reparten a lo largo del año y que combinan lo religioso, lo legendario y lo popular. La primavera arranca con un ciclo de fiestas muy sentido en torno a los primeros días de mayo. El 1 de mayo se celebra la recreación de la leyenda “Ya tornan las vacas”, que pone en escena el origen mítico del nombre del pueblo y reúne a los vecinos en torno a su relato fundacional. Es una forma hermosa de mantener viva la memoria colectiva, convirtiendo la leyenda en fiesta compartida.
Al día siguiente, el 2 de mayo, llega el Día del Fuego, en el que los distintos barrios encienden hogueras que simbolizan el paso del invierno a la primavera, la renovación y la limpieza de lo viejo. Y el 3 de mayo se celebra el Día de la Cruz, con una romería hasta una cruz situada en la parte alta del pueblo, misa y jornada festiva. Estos tres días encadenados forman uno de los momentos más entrañables del año en Tornavacas, cuando la primavera está en su apogeo y el valle empieza a llenarse de color.
El verano trae, hacia mediados de agosto, las Fiestas de Nuestra Señora de la Asunción, dedicadas a la patrona del pueblo, que atraen a numerosos visitantes y sobre todo a los hijos del pueblo que regresan desde donde viven para reencontrarse con los suyos. Pero las que están consideradas las Fiestas Mayores son las del Cristo del Perdón, celebradas entre el 13 y el 16 de septiembre, con misas, procesiones y festejos taurinos con reses jóvenes. Pocos días después, el 21 y 22 de septiembre, se celebra la Feria de San Mateo, con comida comunitaria y actos religiosos que prolongan el ambiente festivo del final del verano.
El otoño y el invierno tienen también sus citas propias. El 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, se celebra la tradición de Los Calvotes, en torno a las castañas asadas, un fruto emblemático de estas montañas que se comparte al calor de las brasas. Y los días 10 y 11 de noviembre se organiza el Mercado Imperial Carolus Imperator, una recreación histórica que revive el paso del emperador Carlos V por el pueblo, con mercado de época, teatro de calle, gastronomía y música, en homenaje a aquella famosa estancia imperial de 1556.
Mención aparte merecen dos grandes acontecimientos que trascienden lo puramente local. Uno es la Ruta de Carlos V, la senda histórica que parte de Tornavacas, junto a la Ermita del Cristo del Humilladero, y llega hasta Jarandilla de la Vera tras unos 27 kilómetros de exigente montaña, atravesando la Sierra de Tormantos, cruzando gargantas y collados como el de las Yegüas, y siguiendo el camino que recorrió el propio emperador en su viaje final hacia Yuste. Cada año se celebra una marcha conmemorativa que reúne a cientos de senderistas dispuestos a revivir aquella travesía imperial. El otro gran acontecimiento es la Fiesta del Cerezo en Flor, declarada de Interés Turístico Nacional, que celebra la floración de los cerezos en todo el Valle del Jerte y convierte a Tornavacas y a sus vecinos en escenario de uno de los espectáculos naturales más admirados de España. Son costumbres que viven, se renuevan y siguen uniendo a un pueblo con su historia y su paisaje.
Sabores con historia
La gastronomía de Tornavacas es la de un pueblo de montaña que ha sabido aprovechar lo que la tierra y las estaciones le ofrecían, una cocina honesta hecha con productos de temporada y de la tierra. En ella conviven los sabores recios de la sierra con la dulzura inconfundible de la fruta del valle, y cada plato guarda detrás una historia de subsistencia, aprovechamiento y celebración. Es una cocina que se entiende mejor sabiendo que aquí los inviernos son largos y fríos, y que durante siglos hubo que guardar y conservar para todo el año.
Entre los platos principales destacan las elaboraciones de cabrito, con la sabrosa caldereta de cabrito como plato estrella de las grandes ocasiones, herencia directa de la tradición ganadera y trashumante de estas sierras. La matanza del cerdo dejaba embutidos muy apreciados, entre ellos las peculiares morcillas de lustre, así como lomos y otros productos que abastecían la despensa familiar durante el invierno. No faltan tampoco las truchas, pescadas en las frías aguas de las gargantas y preparadas de diversas maneras, un manjar que enlaza directamente con la riqueza natural de los ríos de la zona.
La cocina más humilde y cotidiana ha dado también platos memorables. Las migas, elaboradas con pan del día anterior, son un clásico de la gastronomía serrana que aquí se prepara con esmero. Las patatas revolconas, guisadas y aliñadas con pimentón, forman otro de los platos de fondo de armario de la comarca. Y sobreviven recetas antiguas y singulares como la sopa “caná”, hecha con pan, leche y ajo, o las sopas dulces con pan frito, almendras y manzana, testimonios de una cocina de aprovechamiento en la que nada se desperdiciaba y todo se transformaba en alimento reconfortante.
El capítulo dulce tiene igualmente su personalidad. La bolla, una rosca aromatizada con anís, es un dulce tradicionalmente ligado a la Semana Santa, mientras que los buñuelos con chocolate y las perrunillas endulzan las mesas de fiesta y las meriendas caseras. Pero si hay un producto que reina sobre todos los demás, ese es la cereza del Jerte, y muy especialmente la variedad picota, la joya de esta tierra, una cereza sin rabo de sabor intenso y dulcísimo que ha dado fama internacional a todo el valle. Junto a ella, las castañas son el otro gran fruto de estas montañas, presentes tanto en la mesa como en las fiestas de otoño.
La despensa se completa con una destacada tradición de licores y bebidas caseras que ponen el broche a cualquier comida. El aguardiente de cereza, destilado a partir de la fruta más emblemática de la zona, es toda una seña de identidad. Y sobreviven elaboraciones tan singulares como el Licor de Gloria, hecho a base de aguardiente de orujo, café, manzana y hierbas, o el arropo, un vino dulce de elaboración tradicional. Sabores con historia, en definitiva, que resumen el carácter de Tornavacas: fruto de la montaña y del valle, de la dureza y de la dulzura, de una tierra que ha sabido convertir lo que tenía a mano en un patrimonio gastronómico que hoy se disfruta con el mismo placer de siempre.
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