En Tamurejo viven 190 personas según el padrón de 2025, en un término municipal de 29,7 kilómetros cuadrados. La densidad, 6,4 habitantes por kilómetro cuadrado, queda muy por debajo de la media española.
El casco urbano se sitúa a 547 metros de altitud.
Lo que Cuentan los Censos de Tamurejo
El registro disponible empieza en 2001 con 269 habitantes. El máximo llegó en 2002, con 276 vecinos.
Hoy son 190, un 31 % menos que en aquel momento de máxima población.
La tendencia reciente sigue a la baja: de 201 habitantes en 2022 a 190 en 2025.
Datos de Tamurejo de un Vistazo
- Provincia: Badajoz
- Población: 190 habitantes (padrón de 2025)
- Superficie: 29,7 km²
- Altitud: 547 metros
- Coordenadas: 38,9916 N, 4,9475 O
- Código INE: 06130
- Ayuntamiento: www.tamurejo.es
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata, serie desde 2001.
Tamurejo
Un lugar con alma
Tamurejo es uno de esos pueblos que parecen brotar directamente del silencio y la claridad de la Siberia Extremeña, una comarca donde la naturaleza marca el ritmo, donde el horizonte es amplio y donde las tradiciones laten con una calma ancestral. Situado cerca del embalse de Orellana y rodeado de dehesas que se extienden como un manto infinito, este pequeño municipio de Badajoz guarda una belleza discreta, íntima, profunda. No necesita grandes monumentos para emocionar: basta un paseo por sus calles para sentir que uno entra en un lugar donde la vida se mira sin prisas, donde cada piedra y cada sombra cuentan historias transmitidas de generación en generación.
Las casas blancas de Tamurejo reflejan la luz extremeña con una pureza fascinante. Sus calles, tranquilas y acogedoras, conservan ese trazo auténtico de los pueblos que crecieron al amparo del campo y del trabajo humilde. La brisa, cargada con el aroma de la jara y de la encina, acompaña al visitante mientras se descubre un ritmo de vida pausado y cálido, donde el saludo espontáneo del vecino forma parte de la identidad del lugar.
El pueblo tiene un alma profundamente ligada a la tierra. La sencillez, la hospitalidad y la tranquilidad que lo definen hacen de Tamurejo un destino ideal para quienes buscan turismo rural, naturaleza en estado puro y una experiencia cercana y humana. Aquí, el tiempo no corre: acompaña.
Y ese simple hecho lo convierte en un refugio emocional que cautiva a quien llega con el corazón abierto.
Patrimonio que perdura
El patrimonio de Tamurejo es modesto en apariencia, pero inmenso en significado emocional. En el centro del pueblo se alza la Iglesia Parroquial de San Isidro Labrador, un templo que acompaña la vida de sus habitantes desde hace generaciones. Con su arquitectura sencilla y su torre que marca las horas del día, la iglesia es un símbolo de identidad y un punto de encuentro para las celebraciones más importantes.
Pasear por las calles del pueblo es disfrutar de pequeñas joyas de la arquitectura popular extremeña: paredes encaladas, portones de madera que han visto pasar décadas de vida rural, rejas artesanales que proyectan sombras delicadas al atardecer, y patios interiores donde las macetas llenas de color hablan del cariño con el que se cuida cada rincón.
Uno de los elementos patrimoniales más entrañables es el antiguo lavadero, un espacio donde antaño las mujeres del pueblo se reunían para compartir historias, labores y compañía. Hoy, restaurado y conservado, es un testimonio vivo de la vida comunitaria del pasado. También destacan las fuentes y pilones que jalonan el término municipal, recordando la importancia del agua en una zona donde el campo es protagonista absoluto.
En los alrededores aparecen restos de construcciones agrícolas y ganaderas, como corrales, chozos y muros de piedra que evocan un paisaje profundamente ligado al trabajo rural. Estos vestigios forman parte de un patrimonio silencioso, humilde, pero cargado de verdad.
Naturaleza en estado puro
La Siberia Extremeña es una de las zonas de mayor valor natural de España, y Tamurejo se encuentra en el corazón de este paraíso ecológico. Rodeado de dehesas, sierras bajas, pastizales, charcas y embalses, el pueblo ofrece un contacto directo con la naturaleza más pura y salvaje.
La cercanía al Embalse de Orellana, conocido como “la playa de Extremadura”, convierte la zona en un lugar perfecto para observar aves, practicar senderismo o simplemente contemplar la calma del agua al atardecer. Este enclave, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, es hogar de numerosas especies: cormoranes, garzas, martines pescadores, águilas y un sinfín de aves que encuentran en este entorno un refugio inmejorable.
En primavera, los campos que rodean Tamurejo se transforman en un espectáculo cromático: verdes vibrantes, flores silvestres, aromas frescos que llenan el aire. En verano, la luz intensa dibuja paisajes dorados que parecen infinitos. El otoño tiñe de ocre y rojo las lomas y los caminos rurales, mientras que el invierno aporta una serenidad fría y limpia que invita a caminar bajo cielos despejados.
Las rutas de senderismo que parten del pueblo permiten adentrarse en dehesas donde pastan ovejas y cerdos ibéricos, cruzar arroyos estacionales y disfrutar de miradores naturales desde los que se divisan vistas inmensas. Tamurejo es un destino perfecto para los amantes de la fotografía, de la observación de fauna y de la contemplación en silencio.
Aquí, la naturaleza no es un paisaje: es una compañera.
Costumbres que viven
Las tradiciones de Tamurejo son el corazón de su identidad. La vida del pueblo gira entorno a celebraciones que unen a los vecinos, fortalecen los lazos familiares y mantienen vivas costumbres transmitidas durante generaciones.
La fiesta más importante es la dedicada a San Isidro Labrador, patrón del municipio. En esta celebración, la fe y la vida agrícola se funden en un ambiente festivo que llena las calles de alegría, música y devoción. La procesión, los actos religiosos y la convivencia en la plaza forman parte de un ritual anual que emociona a quienes lo viven.
Otra tradición destacada es la Fiesta de la Virgen de los Remedios, celebrada con gran cariño y participación. Las verbenas, las actuaciones al aire libre, los encuentros vecinales y los juegos tradicionales reflejan el espíritu cercano y alegre del pueblo.
Las romerías al campo, las meriendas bajo las encinas, las veladas de verano en las calles y las conversaciones al fresco forman parte de una vida comunitaria que todavía conserva la esencia rural más auténtica.
Las costumbres agrícolas —la recogida de la aceituna, el cuidado del ganado, las cosechas, la elaboración artesanal de alimentos— siguen siendo parte esencial de la vida cotidiana. En Tamurejo, el campo no es solo un trabajo: es memoria, identidad y futuro.
Sabores con historia
La gastronomía de Tamurejo es un reflejo del alma extremeña: sabores intensos, productos de calidad y recetas que nacen de lo que la tierra ofrece. Aquí, la cocina es sencilla en apariencia, pero profunda en sabor y en tradición.
Los embutidos ibéricos, procedentes de animales criados en dehesa, son un auténtico tesoro culinario. El jamón, el chorizo, el lomo y la morcilla representan lo mejor del sabor extremeño.
Platos como las migas, la caldereta de cordero, las sopas de tomate o los guisos de caza forman parte del recetario local, evocando hogueras antiguas, reuniones familiares y celebraciones que se alargan entre risas y anécdotas.
El aceite de oliva, las aceitunas, los panes artesanales y las verduras de los huertos familiares enriquecen una cocina que respira autenticidad en cada bocado.
Los dulces tradicionales —perrunillas, flores fritas, roscas caseras y magdalenas de pueblo— son un homenaje a la memoria familiar. Su aroma, especialmente en época festiva, llena las casas de un calor emocional inconfundible.
Comer en Tamurejo es saborear un legado. Es escuchar la historia de la tierra en cada plato.
Un destino que deja huella
Visitar Tamurejo es descubrir un rincón que invita al descanso del alma. Es caminar por calles blancas que respiran calma, adentrarse en dehesas donde el silencio se convierte en paisaje, asomarse a uno de los cielos más limpios de Extremadura o compartir una conversación sincera con un vecino que habla con orgullo de su pueblo.
Aquí, las cosas importantes suceden despacio: un amanecer que emociona, un paseo sin destino, un atardecer que pinta de oro la tierra, un plato tradicional que recuerda la magia de lo sencillo. Tamurejo no busca impresionar: acaricia, acompaña, reconforta.
Es un destino que deja huella por su verdad, por su luz y por su humanidad.
Un pueblo pequeño en mapa, pero enorme en alma.
De esos lugares que uno guarda para siempre.
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