Besalú es un municipio de la provincia de Girona, en Cataluña, que forma parte de la comarca de la Garrocha. Con 2.592 habitantes y un término de apenas 4,9 km², es uno de los pueblos más pequeños en extensión de los que aquí recogemos, y su núcleo se alza a 151 metros de altitud, aunque el casco histórico se asienta en realidad algo más bajo, junto al cauce del río Fluviá. A sus vecinos se les llama besaluencs.
El origen del nombre
El nombre actual procede de la antigua denominación latina Bisuldunum, que ya anunciaba su condición de fortaleza situada entre dos ríos: el Fluviá, que discurre al sur del núcleo, y el Capellades, que lo bordea por el norte. Esa posición, protegida de forma natural por el agua en dos de sus frentes, explica buena parte del interés estratégico que tuvo la villa desde época altomedieval.
Un territorio entre dos ríos
El término municipal se sitúa a 35 kilómetros de Girona, la capital provincial, y está atravesado por varias vías de comunicación importantes: la autovía Pirenaica A-26, la carretera nacional N-260 y la carretera autonómica C-66, además de un camino local que conduce hasta Beuda. La altitud dentro del municipio oscila entre los 230 metros, en la parte sur, y los 120 metros a orillas del Fluviá, mientras que el propio núcleo urbano se alza sobre un cerro a unos 138 metros sobre el nivel del mar, en el punto exacto donde confluyen los dos ríos que dan nombre a la villa.
Capital de un condado independiente
El origen de Besalú está en el castillo que ya aparece documentado en el siglo X, levantado sobre un cerro donde antes se encontraban los restos de una antigua canónica dedicada a Santa María, de época altomedieval. El trazado urbano actual no coincide exactamente con el original, pero sí permite reconocer a grandes rasgos cómo se organizó la villa durante la Edad Media, con edificios tan significativos como el puente sobre el Fluviá, los baños judíos, la iglesia del monasterio de San Pedro, la iglesia de San Julián, un antiguo hospital de peregrinos o la sala gótica del palacio de la Curia Real.
La importancia histórica de Besalú no reside tanto en un monumento aislado como en el conjunto: pocas villas catalanas conservan una estructura medieval tan coherente y tan bien conservada en su totalidad. Esa coherencia fue, precisamente, lo que llevó en 1966 a declarar el casco histórico "conjunto histórico-artístico nacional", reconociendo así un valor que iba más allá de cada edificio individual.
Políticamente, Besalú llegó a ser capital de un condado propio e independiente. Miró I el Joven fue su primer conde, y la villa ganó peso como sede condal tras la muerte de Wifredo el Velloso, en el año 902. Esa independencia se mantuvo durante dos siglos, hasta que en 1111, al morir sin descendencia el conde Bernat III, yerno de Ramón Berenguer III, el condado de Besalú quedó incorporado a la casa de Barcelona, perdiendo así su condición de territorio propio pero conservando buena parte de su peso simbólico en la zona.
Durante la Guerra de la Independencia, en el siglo XIX, Besalú fue escenario de una batalla en la que las tropas españolas, al mando de Juan Clarós, se impusieron a las fuerzas napoleónicas, un episodio que se suma a la larga lista de acontecimientos que ha vivido la villa a lo largo de su historia.
El puente, los baños judíos y el legado medieval
El puente de Besalú, con su característico ángulo quebrado a mitad de recorrido, es probablemente la imagen más reconocible del municipio y uno de los puentes medievales mejor conservados de Cataluña. Bajo sus arcos discurre el Fluviá, y desde él se obtiene una de las mejores panorámicas del conjunto histórico, con las casas asomándose directamente al río.
Los baños judíos, o miqwe, son otro de los elementos singulares de la villa y recuerdan la importante comunidad hebrea que habitó Besalú durante la Edad Media. Se trata de uno de los pocos baños rituales judíos conservados en toda la península, una prueba del peso que llegó a tener la aljama local dentro de la vida económica y social de la villa en aquellos siglos. Junto a estos elementos de clara impronta religiosa conviven edificios de carácter civil, como la casa Cornellá, que completan un conjunto urbano donde resulta difícil encontrar una sola construcción que desentone con el resto.
De la agricultura al turismo
Hasta mediados del siglo XX, la economía de Besalú giraba en torno a la agricultura, con predominio de cultivos de cebada, maíz y heno adaptados a la tierra de la Garrocha. A partir de entonces, el crecimiento urbanístico y un cierto proceso de industrialización fueron desplazando el peso del campo. Desde la década de 1960 se instalaron en el municipio industrias textiles, del metal y de explotación de canteras de yeso, actividades que diversificaron una economía hasta entonces muy dependiente de la tierra.
Hoy, sin embargo, es el turismo el que sostiene buena parte de la actividad económica local. El atractivo del conjunto monumental, sumado a la celebración de distintas actividades culturales a lo largo del año, convierte a Besalú en uno de los destinos de interior más visitados de la provincia de Girona, con un flujo constante de visitantes que recorren sus calles empedradas, cruzan su puente y se detienen ante los baños judíos o la antigua canónica.
Vida cotidiana en un pueblo museo
Vivir en un municipio cuyo centro histórico recibe un turismo tan intenso tiene sus particularidades. El Ayuntamiento ha ido señalizando progresivamente el casco antiguo para orientar a los visitantes hacia los puntos de mayor interés, al tiempo que se han impulsado excavaciones arqueológicas que han permitido sacar a la luz nuevos hallazgos relacionados con el pasado medieval de la villa. Esa doble vocación, de pueblo vivido y de referencia turística y cultural, define el día a día de Besalú en las últimas décadas, sin que ello haya alterado de forma sustancial la vida de un municipio que sigue teniendo en su pequeño tamaño y en su entorno natural, entre dos ríos, parte de su identidad.
Evolución de la población
La serie demográfica de Besalú abarca 47 datos a lo largo de 309 años, desde 1717 hasta 2025, y el registro de este último año, con 2.592 habitantes, es el máximo de toda la serie histórica disponible. El recorrido no ha sido, sin embargo, una línea recta ascendente: tras los 1.308 habitantes de 1787, la población se mantuvo relativamente estable durante el siglo XIX y buena parte del XX, con cifras que oscilaron entre los 1.200 y los 1.400 habitantes hasta mediados de la centuria.
El verdadero punto de inflexión llegó a partir de la década de 1960, cuando el municipio empezó una senda de crecimiento casi ininterrumpido: de los 1.272 habitantes de 1960 se pasó a los 2.087 de 1981, y desde entonces la población ha seguido una tendencia ascendente sostenida, con algún pequeño retroceso puntual, hasta alcanzar los 2.592 habitantes actuales. Ese crecimiento prolongado, poco habitual entre los pueblos pequeños del interior de Girona, va muy ligado al desarrollo turístico e industrial que ha vivido la villa desde la segunda mitad del siglo XX.
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata.
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