- Santillana del Mar: la villa de las tres mentiras que guarda el arte más antiguo de Europa
- Lo que Cuentan los Censos de Santillana del Mar
- De Planes a Santillana: la historia de un nombre y una abadía
- Altamira: el descubrimiento que cambió el pueblo
- Patrimonio: una villa entera declarada monumento
- Un paisaje con mar escondido
- Cuándo Ir a Santillana del Mar
- Planifica tu Visita a Santillana del Mar
- Otros Pueblos de Cantabria
Santillana del Mar: la villa de las tres mentiras que guarda el arte más antiguo de Europa
Santillana del Mar, en Cantabria, tiene hoy 4.189 habitantes en un término de 28,46 km² y es, probablemente, el pueblo más visitado de toda la región. Se la conoce popularmente como «la villa de las tres mentiras», porque, según el dicho, «ni es santa, ni llana, ni tiene mar» —la villa propiamente dicha no tiene mar, aunque su municipio sí—. Declarada conjunto histórico-artístico en 1889, y desde 2013 integrada en la red de los Pueblos más Bonitos de España, Santillana vive en gran medida del turismo que atrae su casco histórico y, sobre todo, su vecina más famosa: la cueva de Altamira, Patrimonio de la Humanidad.
Lo que Cuentan los Censos de Santillana del Mar
La serie de población de Santillana del Mar cubre 24 datos repartidos en 25 años, de 2001 a 2025, y es una de las más estables de todo este grupo de pueblos: el máximo de la serie se alcanzó en 2022, con 4.250 habitantes, y los 4.189 actuales suponen una pérdida de apenas el 1 % desde ese máximo. La villa pasó de los 3.926 habitantes de 2001 a esa cifra récord en poco más de dos décadas, un crecimiento lento pero sostenido que contrasta con la despoblación de buena parte de la Cantabria rural, y que se explica en gran medida por la economía turística que sostiene hoy al municipio. La propia demografía histórica de la villa cuenta otra historia, más larga: en 1752 tenía 1.734 habitantes, y en 1852 ya 2.235, con una evolución prácticamente estancada —cuando no negativa— desde que la villa entrara en decadencia a finales del siglo XV.
De Planes a Santillana: la historia de un nombre y una abadía
El lugar que hoy ocupa Santillana del Mar se llamó primero Planes, como atestigua un documento latino del año 980 que cita una "baseleca Sancta Iuliana locum qui dicitur Planes"; el nombre venía del latín planum, lugar despejado entre montañas. La importancia del conjunto religioso terminó superando la del lugar original, y hacia 1228 la villa ya se documenta como "Sancta Illana", forma que evolucionaría a través de los siglos —Santayllana en 1326, Santillana en 1338, con varias grafías convivientes hasta que en 1453 se fija ya solo la forma actual—. La villa creció en torno a la abadía de Santa Juliana, cuya fundación la leyenda atribuye a monjes de los siglos VIII o IX que habrían traído hasta aquí las reliquias de Santa Juliana de Bitinia, mártir en Turquía. Hacia el año 980 el monasterio ya estaba consolidado gracias a las donaciones de los fieles y a su posición en un ramal del Camino de Santiago. En 1045 Fernando I le otorgó un fuero, y la abadía se convirtió en colegiata; en 1209 Alfonso VIII concedió un nuevo fuero que dio a Santillana el estatuto de villa, convertida ya en capital de la Merindad de las Asturias de Santillana, una de las trece que formaban entonces el reino de Castilla. La villa alcanzó su máximo esplendor medieval gracias al apoyo de la nobleza, hasta que en 1445 el rey Juan II entregó su señorío al primer marqués de Santillana y a sus sucesores, los duques del Infantado, dando origen al Marquesado de Santillana; la pérdida de la condición de realengo inició entonces una larga decadencia.
Altamira: el descubrimiento que cambió el pueblo
La cueva de Altamira, descubierta en 1868 por Modesto Cubillas, es la joya que ha dado fama mundial a Santillana del Mar: el prehistoriador Henri Breuil la bautizó como la «Capilla Sixtina del arte cuaternario». Su descubrimiento atrajo a estudiosos e intelectuales que acabaron fundando en la villa diversas asociaciones artísticas, la más importante de las cuales fue la Escuela de Altamira, creada en 1948, que reunió a figuras como Rosales, Vivanco, Ángel Ferrant, Llorente Artigas o Lafuente Ferrari en la recuperación de las vanguardias artísticas españolas. Pero el turismo de Santillana es incluso anterior a ese hallazgo: a partir de 1849, una epidemia de cólera en el País Vasco empujó al turismo aristocrático español hacia la antigua provincia de Santander, y Santillana se convirtió entonces en destino de moda; aquel gusto romántico por conservar la villa llevó a que en 1889 fuera declarada monumento histórico-artístico, con las primeras restauraciones llegando en 1927 a instancias del conde de Güell.
Patrimonio: una villa entera declarada monumento
Santillana del Mar tiene siete bienes declarados de interés cultural: la Colegiata de Santa Juliana y su claustro, la Torre de don Beltrán de la Cueva en Queveda, el Palacio de Viveda, el Palacio de Mijares, la propia cueva de Altamira como zona arqueológica y Patrimonio Mundial, el Cartulario o Libro de Regla de la Colegiata —un códice del siglo XIII con copias de 94 escrituras de los años 870 a 1202— y la villa entera, declarada conjunto histórico en su totalidad. La Colegiata, de estilo románico y erigida en su mayor parte a mediados del siglo XII, sigue el modelo del románico del Camino de Santiago, en particular el de Frómista, y su claustro, de finales del XII, conserva cuarenta y dos capiteles románicos que son la pieza más valorada del conjunto; fue, en 1889, el primer monumento cántabro en recibir esa protección oficial. El casco histórico, homogéneo en piedra de los siglos XIV al XVIII, se organiza en torno a dos calles que llevan a dos plazas: una religiosa, frente a la colegiata, y otra que nació en el siglo XIV como lugar de mercado, con la Torre del Merino —hoy museo— y la Torre de Don Borja, hoy sede del ayuntamiento.
Un paisaje con mar escondido
A pesar de su nombre, la villa de Santillana se asienta en una hondonada que la incomunica visualmente del mar, aunque su término municipal sí llega a la costa, entre acantilados y pequeñas ensenadas de difícil acceso: Santa Justa —la única playa del municipio, con una ermita empotrada en la roca—, Los Cuadros, Higuero, La Jerrona, Onzaperas y la mayor de todas, Puerto Calderón, que fue puerto romano y medieval y que, durante la Segunda Guerra Mundial, llegó a servir de refugio a submarinos alemanes. Tierra adentro, el relieve se vuelve más suave hacia el sur, descendiendo hasta el río Saja a la altura de Viveda, mientras que la sierra de Huervo, casi libre de construcciones salvo los pequeños pueblos de Arroyo y Ubiarco, impide ver el mar desde la propia villa.
Cuándo Ir a Santillana del Mar
El 5 de enero, desde 1959, se celebra el Auto Sacramental y la Cabalgata de Reyes, declarada fiesta de interés turístico regional en 1993 y nacional en 2009. Para quien prefiera el verano, Santa Juliana, patrona de la villa, se festeja en torno al 28 de junio con procesión, misa y danza, y el 15 y 16 de agosto llega San Roque, con pasacalles y romería. A finales de mayo se celebra el Festival Internacional de Títeres, y en junio el singular Festival Capa y Espada, una representación de esgrima artística con especialistas internacionales que recorre distintos puntos de la villa. Fuera de las fechas de fiesta, visitar fuera de temporada alta —evitando el verano— permite disfrutar del casco histórico sin las aglomeraciones habituales de uno de los destinos más visitados de Cantabria.
Planifica tu Visita a Santillana del Mar
Santillana del Mar se asienta a 82 metros de altitud y limita con el mar Cantábrico al norte, Suances al este, Torrelavega al sur, Alfoz de Lloredo al oeste y Reocín al sureste; se accede principalmente por la carretera CA-131, con salidas desde la A-67 en Torrelavega o Polanco y desde la A-8. La economía del municipio está volcada en el sector terciario, que ocupa el 55,2 % de la actividad, con buena parte de sus vecinos trabajando en hostelería, alojamientos rurales y tiendas de productos típicos: anchoas de Santoña, queso Picón de Tresviso, cecina de ciervo, sobao pasiego y el tradicional bizcocho con leche local. Una visita completa puede combinar la colegiata y su claustro románico con el Museo de Altamira —obra del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, junto a la cueva original, hoy cerrada al público— y el Museo y Fundación Jesús Otero, dedicado al escultor nacido en la villa. La huella literaria de Santillana es otro atractivo menos conocido: la novela picaresca francesa Gil Blas de Santillana, de Alain-René Lesage, dio nombre al parador Gil Blas, y escritores como Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán o Miguel de Unamuno dejaron constancia de su paso por la villa.
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata.
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