Cabezabellosa

Cabezabellosa. Pueblos de Caceres

Cabezabellosa

En las estribaciones de la Sierra de Béjar, allá donde la provincia de Cáceres se va elevando para encontrarse con las cumbres del sistema central y donde el paisaje cambia drásticamente para regalarnos vistas de auténtico esplendor, se sitúa Cabezabellosa, un pequeño municipio que es de esos lugares que parecen sacados de otra época y que conservan ese encanto íntimo que solo los pueblos de montaña son capaces de transmitir. Con su nombre tan evocador, que ya nos habla de elevaciones y de bosques, y con esa altitud considerable que lo sitúa entre los pueblos más altos de toda la provincia cacereña, Cabezabellosa representa una de las joyas más auténticas del norte de Extremadura. Su situación privilegiada en plena Sierra de Tras la Sierra, vecino del Valle del Ambroz y muy próximo a las cumbres del Pico Pinajarro, lo convierte en un balcón natural desde el que se contemplan paisajes verdaderamente sobrecogedores y en un punto de partida ideal para descubrir todo el patrimonio natural y cultural de esta zona privilegiada del norte extremeño. Visitar Cabezabellosa es adentrarse en un mundo donde el aire es más puro, las distancias se miden de otra manera y donde la vida sigue marcada por los ritmos de la montaña.

📝 Contenido:
  1. Un lugar con alma
    1. Patrimonio que perdura
    2. Naturaleza en estado puro
    3. Costumbres que viven
    4. Sabores con historia
    5. Un destino que deja huella

Un lugar con alma

Cabezabellosa es de esos pueblos que se sienten antes de ser comprendidos. Cuando uno llega, después de subir por la sinuosa carretera que asciende desde el valle, lo primero que percibe es esa sensación especial de los lugares de altura: el aire más fresco y limpio, los olores característicos de los bosques de castaños y robles, los sonidos amortiguados por la propia topografía, esa luz particular que tienen los pueblos serranos. Todo invita a aminorar el ritmo, a respirar profundamente, a mirar con atención y a dejarse impregnar por esa atmósfera tan particular que aquí se vive. Sus calles estrechas y empinadas, adaptadas a la pendiente natural del terreno, sus casas tradicionales construidas con piedra granítica y madera de castaño, sus tejados de pizarra que captan los rayos del sol creando reflejos plateados, todo conforma un conjunto urbano que tiene esa cualidad inconfundible de los lugares verdaderamente arraigados a su entorno. Hablar del alma de Cabezabellosa es hablar de esa autenticidad rural que aquí no se ha perdido, de esas costumbres que aún se mantienen vivas en el día a día, de esa hospitalidad de la gente serrana que recibe al visitante con esa mezcla de discreción y calidez tan propia de las gentes de montaña.

Patrimonio que perdura

El patrimonio de Cabezabellosa no se manifiesta en grandes construcciones monumentales sino en esa arquitectura serrana sobria y funcional que tan bien refleja las necesidades y los modos de vida de las comunidades de alta montaña. La iglesia parroquial es el principal referente arquitectónico del pueblo, con esa sólida construcción que ha resistido los rigores del clima durante siglos y que sigue siendo el centro espiritual y simbólico de la comunidad. Sus muros de mampostería granítica, su torre que se eleva sobre los tejados del pueblo marcando la silueta del conjunto urbano, su interior que conserva elementos artísticos y devocionales de distintas épocas, todo nos habla de la importancia que esta iglesia ha tenido a lo largo de la historia para los vecinos de Cabezabellosa.

La arquitectura tradicional civil es uno de los grandes valores patrimoniales del pueblo. Las casas serranas, perfectamente adaptadas al clima extremo de la altura, presentan características específicas que las distinguen de las arquitecturas de otras zonas extremeñas. Los muros de piedra de gran espesor que mantienen el calor interior en los inviernos rigurosos y la frescura en los veranos, los pequeños vanos que minimizan las pérdidas térmicas, las cubiertas de pizarra adaptadas a las nevadas, los balcones y solanas orientados al sur para aprovechar la radiación solar invernal, todo es testimonio de una arquitectura vernácula sabia que durante generaciones supo responder con eficacia a las exigencias del medio.

Los detalles arquitectónicos menores aportan también gran riqueza al conjunto. Los aldabones de hierro forjado, las cerrajerías tradicionales, los dinteles tallados sobre las puertas con motivos religiosos o con las iniciales de los propietarios, las pequeñas hornacinas con imágenes devocionales en las fachadas, las inscripciones con fechas que delatan la antigüedad de las construcciones, todo aporta personalidad y carácter al casco urbano.

Las fuentes tradicionales constituyen otro elemento patrimonial importante. En un pueblo de montaña como Cabezabellosa, donde el agua siempre ha sido abundante por la proximidad a los manantiales de altura, las fuentes han desempeñado un papel fundamental en la vida cotidiana. Algunas de estas fuentes conservan su estructura original y siguen siendo puntos de referencia en el callejero del pueblo, además de mantener su valor estético y funcional.

Los lavaderos comunitarios, los abrevaderos para el ganado, los hornos comunales que en otras épocas servían para cocer el pan de varias familias, todos estos elementos del patrimonio etnográfico son testigos silenciosos de una forma de vida comunitaria que ha caracterizado durante siglos la organización social del pueblo. Aunque muchos ya no se usan para su función original, su preservación constituye un valioso testimonio de las formas de vida tradicionales.

Las ermitas que se distribuyen en el término municipal son otro capítulo importante del patrimonio religioso y cultural. Estos pequeños templos rurales, frecuentemente situados en parajes de gran belleza natural, han sido durante siglos los escenarios de devociones populares específicas y de celebraciones que congregaban a los vecinos en torno a la fe y a la tradición. Algunas de ellas conservan su estructura original y siguen siendo objeto de cuidado por parte de la comunidad.

El patrimonio inmaterial, ese que se transmite a través de la palabra, los gestos y las tradiciones, es quizá el más valioso. Las historias sobre la vida en los tiempos antiguos, las anécdotas sobre los inviernos rigurosos con nevadas que aislaban al pueblo durante días, los relatos sobre las trashumancias del ganado entre las dehesas extremeñas y los pastos veraniegos de altura, las leyendas sobre seres míticos de las montañas, todo este caudal de tradición oral conviene escucharlo de boca de los mayores, que son los verdaderos depositarios de esta riqueza intangible.

Naturaleza en estado puro

La naturaleza es, sin duda, una de las grandes razones por las que Cabezabellosa merece ser visitado. Situado en plena Sierra de Tras la Sierra, en las inmediaciones del Pico Pinajarro y muy próximo al Valle del Ambroz, el pueblo se encuentra en un entorno natural de extraordinaria riqueza y belleza. Las cumbres que rodean al pueblo, los bosques de castaños y robles que cubren las laderas, los arroyos cristalinos que descienden por las pendientes, los valles que se abren a la vista desde los puntos más altos, todo conforma un paisaje verdaderamente espectacular que invita al disfrute, a la exploración y al respeto.

Los castañares son uno de los grandes tesoros naturales del entorno. Estos bosques de castaños, algunos verdaderamente impresionantes por la antigüedad y el porte de sus árboles, ofrecen un espectáculo cambiante a lo largo del año: el verde tierno de la primavera, el verde intenso del verano, el dorado y rojo del otoño, el silencio nevado del invierno. Caminar por los castañares de Cabezabellosa en cualquier época es una experiencia que conecta al visitante con esa esencia profunda de la montaña, con esa pausa temporal que se respira entre estos árboles centenarios.

Los robledales completan el paisaje forestal del entorno, aportando esa austeridad y solemnidad que caracteriza a los bosques de Quercus. Los robles que se mantienen en algunas zonas son verdaderos monumentos naturales, supervivientes de tiempos en que estos bosques cubrían extensiones mucho mayores. Su presencia es un recordatorio del paisaje forestal originario y un patrimonio natural que merece ser preservado.

Las gargantas y arroyos que descienden de las alturas son auténticas joyas naturales. El agua cristalina que baja de las cumbres forma a lo largo de su recorrido pequeñas cascadas, pozas profundas, rincones umbríos donde la humedad permite el desarrollo de musgos, helechos y otra vegetación característica. En los meses cálidos del verano, los baños en estas pozas naturales son una experiencia refrescante y revitalizadora que no tiene comparación con ningún baño en piscinas convencionales.

La fauna del entorno es otra de las grandes riquezas naturales. Los rapaces que sobrevuelan las laderas en busca de presas, los corzos que se mueven discretamente por los bosques, los jabalíes que dejan huella de su paso por el sotobosque, las aves forestales que llenan los bosques con sus cantos, las nutrias que aún se pueden observar en algunos cursos de agua, todo conforma una comunidad faunística diversa que cualquier amante de la naturaleza disfrutará observando.

El Pico Pinajarro, esa cumbre majestuosa que se eleva en las proximidades de Cabezabellosa, es uno de los grandes atractivos naturales de la zona. Ascender hasta su cima, ya sea por las rutas más directas o por los senderos más largos que rodean la montaña, es una experiencia inolvidable. Desde lo alto se contemplan vistas panorámicas que abarcan todo el norte de Extremadura y que llegan, en días claros, hasta tierras salmantinas y leonesas. La sensación de estar en lo más alto, con el viento de la altura, con la inmensidad del paisaje extendiéndose en todas las direcciones, es una de esas experiencias que dejan huella.

Las rutas senderistas que parten del propio Cabezabellosa o que pasan por sus inmediaciones permiten descubrir todo este patrimonio natural a pie. Hay caminos para todos los niveles, desde paseos relativamente cómodos por los alrededores del pueblo hasta rutas exigentes que ascienden a las cumbres más altas. El senderismo es probablemente la mejor manera de conocer en profundidad este entorno y de apreciar todos sus matices.

Los miradores naturales constituyen otro de los grandes atractivos. Desde distintos puntos del entorno se pueden contemplar panorámicas espectaculares: el Valle del Ambroz que se abre hacia el sur, las dehesas que se extienden hasta donde alcanza la vista, las sierras vecinas con sus formas características, los pueblos del valle que parecen miniaturas desde la altura. Estos miradores son lugares ideales para detenerse, respirar y dejar que la vista repose en esas vastas extensiones de naturaleza.

El cielo nocturno de Cabezabellosa merece mención especial. Por su altitud y por su alejamiento de las fuentes importantes de contaminación lumínica, las noches en este pueblo conservan esa cualidad ancestral que tanto se valora hoy: la posibilidad de ver la Vía Láctea con claridad, de identificar constelaciones con detalle, de observar fenómenos astronómicos que desde las ciudades son imposibles de apreciar. Para los aficionados a la astronomía o simplemente para quienes disfrutan de las noches al aire libre, este aspecto es una razón más para visitar el pueblo.

La nieve, ese gran ausente de gran parte de Extremadura, hace acto de presencia regular en Cabezabellosa durante los inviernos. Las nevadas, que pueden ser copiosas en algunos años, transforman el paisaje creando estampas verdaderamente mágicas: los tejados nevados, los árboles cargados de blanco, las calles cubiertas, el silencio característico de los días nevados. Para quien tenga la suerte de visitar el pueblo en estos días, la experiencia es realmente única.

Costumbres que viven

Las costumbres de Cabezabellosa son las propias de un pueblo de alta montaña, donde las condiciones del clima y de la geografía han modelado a lo largo de los siglos formas particulares de vida y de celebración. Estas costumbres se viven con autenticidad, transmitidas de generación en generación, y forman parte integral de la identidad colectiva del pueblo.

Las fiestas patronales son uno de los grandes acontecimientos del calendario. Durante estos días, el pueblo se transforma con la llegada de los vecinos que viven fuera, con los visitantes que se acercan a participar, con el engalanamiento de las calles y de las casas. Las procesiones religiosas que recorren las calles del pueblo, las verbenas con música tradicional y popular, los actos culturales y deportivos, las comidas comunitarias en plazas y espacios públicos, todo contribuye a hacer de las fiestas patronales un momento de especial significado y de refuerzo de los vínculos comunitarios.

La Semana Santa se vive con la sobriedad propia de los pueblos serranos, con sus procesiones que recorren el casco urbano cumpliendo recorridos ancestrales, con las imágenes que se conservan con cuidado y veneración, con la música procesional que crea atmósferas particulares en las tardes y noches santas. Es una expresión cultural y religiosa que merece ser contemplada con respeto.

Las matanzas tradicionales del cerdo, aunque ya no se practican con la intensidad de antaño, siguen manteniéndose en algunas familias como una tradición que conjuga necesidad práctica y celebración social. Las matanzas son ocasiones en las que familiares y amigos se reúnen durante varios días para elaborar conjuntamente los embutidos y demás productos que abastecerán a la familia durante el año. La transmisión de las técnicas tradicionales, los secretos de las recetas familiares, el manejo de los productos del cerdo, todo este saber práctico forma parte del patrimonio inmaterial del pueblo.

Las romerías a las ermitas del entorno son otra de las tradiciones vivas. En estas jornadas, los vecinos se desplazan hasta las ermitas con la imagen patronal correspondiente, comparten comida campestre, festejan en ambientes que combinan lo religioso con lo social y lo lúdico. Son días en los que se refuerzan los lazos vecinales y se reconecta con los espacios sagrados tradicionales del entorno.

Los carnavales tienen también su impronta característica. En esta época, las costumbres carnavalescas adquieren formas particulares con disfraces, charangas, bailes y reuniones que rompen la monotonía del invierno y anuncian la llegada de la primavera. Son momentos de descontrol controlado, de inversión simbólica del orden cotidiano, de alegría compartida que cumple una función importante en el ciclo anual de la vida comunitaria.

Las tradiciones vinculadas al ganado, especialmente las de la trashumancia, han sido durante siglos un elemento fundamental de la vida del pueblo. Aunque la trashumancia tradicional ha decaído enormemente en las últimas décadas, en Cabezabellosa aún se conserva memoria de esos viajes anuales del ganado entre las dehesas extremeñas del invierno y los pastos serranos del verano. Los pastores que aún se dedican a estas actividades son depositarios de saberes específicos sobre el manejo del ganado, sobre los caminos, sobre los pastos y sobre la naturaleza en general que merecen ser preservados.

El folclore musical y dancístico se mantiene vivo gracias al trabajo de grupos locales que cultivan, enseñan e interpretan las jotas, fandangos y otras formas musicales tradicionales del norte extremeño. La música tradicional conecta a Cabezabellosa con todo el patrimonio musical de la zona y constituye una de las expresiones culturales más vivas y participativas.

La vida en la plaza, esa sociabilidad cotidiana de las tardes en los bancos compartiendo conversaciones con los vecinos, sigue siendo una costumbre profundamente arraigada. En un pueblo pequeño como Cabezabellosa, donde casi todos se conocen, las plazas y los espacios públicos son escenarios fundamentales de la vida comunitaria. Esta sociabilidad informal pero intensa es una de las cualidades más valoradas del modo de vida en el pueblo.

Las celebraciones vinculadas a los ciclos agrícolas y ganaderos, como las relacionadas con las primeras cosechas, con las temporadas de matanza o con las festividades del calendario tradicional, aportan ritmos específicos a la vida del pueblo y mantienen vivas las conexiones simbólicas entre la comunidad y su entorno natural y productivo.

Sabores con historia

La gastronomía de Cabezabellosa es la cocina de un pueblo de montaña, hecha con productos del entorno, elaborada con técnicas tradicionales y caracterizada por esa cualidad reconfortante y sustanciosa que requiere el clima de la altura. Es una cocina honesta, sabrosa, que no necesita artificios para conquistar el paladar y que conecta directamente con la tierra y con los modos de vida tradicionales.

Los productos del cerdo ibérico tienen un papel fundamental en la mesa local. Las dehesas extremeñas, aunque más alejadas del propio pueblo por su carácter serrano, proporcionan jamones, paletas y embutidos de la mejor calidad, que se elaboran y se curan también en las despensas del pueblo. Los chorizos colgados de las vigas en las habitaciones frías de las casas, los jamones que se curan pacientemente durante meses o años, las morcillas y otros embutidos que aportan ese sabor intenso y característico, todos estos productos forman parte de la despensa básica de muchos hogares y son el inicio de muchísimas comidas.

Los guisos serranos son protagonistas indiscutibles de la cocina local. Las patatas con costillas, los calderetes de cabrito o cordero, las migas pastoriles con torreznos y uvas, las sopas castellanas que reconfortan en los días fríos, los cocidos contundentes que durante siglos han alimentado a los trabajadores del campo, todos estos platos forman parte del recetario que sigue elaborándose en casas y establecimientos del pueblo.

La caza, gracias a la abundancia de fauna en los montes del entorno, aporta también platos de gran interés gastronómico. El jabalí estofado, el corzo a la cazuela, las codornices y perdices preparadas con recetas tradicionales, son auténticas joyas culinarias que se elaboran con técnicas que requieren paciencia y conocimiento para extraer todo el sabor de estos productos.

El queso, ese gran clásico de la gastronomía serrana, tiene también su presencia destacada. Los quesos de cabra elaborados en la comarca son de excelente calidad y constituyen uno de los productos gastronómicos más apreciados. Tomados con un buen pan rústico y un vino de la tierra, conforman una merienda o un aperitivo sencillo pero verdaderamente delicioso.

Las castañas son un ingrediente fundamental y un símbolo de la gastronomía de la zona. Asadas en las brasas en las noches de otoño, formando parte de los rituales tradicionales como las castañadas que celebran el final de la temporada de recogida, las castañas son protagonistas indiscutibles de la cocina serrana. Pero también se utilizan en otros preparados: en dulces, en cremas, como acompañamiento de platos salados, formando parte de la harina con la que se elaboran ciertas masas tradicionales.

Las setas y hongos que se recolectan en los bosques del entorno aportan otro elemento gastronómico de gran calidad. En otoño, tras las primeras lluvias, los bosques se llenan de boletus, níscalos, champiñones silvestres y otras variedades que los recolectores locales aprovechan para preparar platos verdaderamente exquisitos. Las setas a la plancha, los revueltos, los arroces con setas y las distintas formas de aprovechar este regalo del bosque forman parte de la cocina de temporada.

Los productos de la huerta familiar siguen siendo importantes en muchas casas. Las verduras y hortalizas que se cultivan en los pequeños huertos personales conservan ese sabor auténtico que poco tiene que ver con los productos industriales. Las ensaladas, las verduras a la plancha, los guisos de verduras de temporada son una parte importante de la dieta cotidiana de muchos vecinos.

Los dulces tradicionales son otro gran atractivo gastronómico. Las perrunillas, las floretas, los buñuelos, las roscas, los pestiños, las distintas formas de dulces caseros que se elaboran especialmente en determinadas épocas del año son verdaderas obras maestras de la repostería rural. Hechos con manteca, miel, almendras, anís y otros ingredientes nobles, conservan toda la esencia de los dulces tradicionales.

Los licores caseros completan ese panorama de productos artesanales. Los aguardientes, los licores de hierbas, las infusiones con plantas serranas, todo este universo de bebidas tradicionales merece ser explorado por quien quiera adentrarse en la gastronomía más auténtica del pueblo.

Los vinos de la zona, aunque Cabezabellosa no sea propiamente una zona vinícola, llegan desde las áreas próximas y completan la oferta gastronómica con productos de calidad que maridan perfectamente con la cocina local. Los vinos de Cilleros, los de la Tierra de Barros y otros caldos extremeños son los compañeros habituales de las mesas locales.

La miel, gracias a la riqueza melífera de los montes serranos, es otro producto destacado. Las mieles de castaño, de brezo, de mil flores, son auténticas joyas que reflejan la diversidad botánica del entorno y constituyen ingredientes de primera categoría tanto para consumo directo como para la elaboración de dulces y otros preparados.

Un destino que deja huella

Cabezabellosa pertenece a esa categoría de destinos que no se olvidan fácilmente. Hay algo en la combinación de su altitud, de su entorno natural, de su patrimonio cultural y de la calidez de su gente que se queda en la memoria de quien lo visita y que hace que con frecuencia se desee volver para reencontrarse con ese conjunto único de sensaciones que aquí se experimentan.

Para quien busca desconexión profunda, Cabezabellosa es un refugio ideal. La altitud, el alejamiento de las grandes ciudades, la ausencia de las multitudes turísticas, el silencio característico de los pueblos serranos, la sensación de estar en otro tiempo y en otro ritmo, todo facilita esa desconexión que tanto se valora hoy. Aquí se pueden pasar días sin que la prisa urbana nos alcance, dejando que el cuerpo y la mente se reseteen y se restauren a un ritmo más humano.

Para los amantes de la naturaleza, las posibilidades son prácticamente infinitas. El senderismo por las rutas que parten del pueblo, las ascensiones a las cumbres cercanas, los baños en las gargantas y pozas naturales, la observación de fauna y flora, la recolección de setas en la temporada, todo se ofrece como posibilidad al alcance de la mano. La naturaleza aquí no es algo lejano que hay que ir a buscar; está ahí mismo, rodeando al pueblo, esperando ser explorada con respeto.

Para quien busca cultura y patrimonio, el propio pueblo y los pueblos vecinos ofrecen mucho que descubrir. Las iglesias, las arquitecturas tradicionales, las costumbres vivas, las gastronomías auténticas, todo conforma un repertorio cultural diverso que merece varios días de exploración pausada.

Para quien busca contacto humano genuino, las relaciones con los vecinos de Cabezabellosa son una experiencia enriquecedora. La gente del pueblo, con esa mezcla de discreción serrana y hospitalidad sincera, recibe al visitante con esa atención que tan rara vez encontramos en los destinos turísticos masificados. Las conversaciones con la gente local son frecuentemente lo mejor de una visita y lo que más profunda huella deja.

Para las familias, el pueblo ofrece un entorno excelente. Los niños pueden moverse con esa libertad que ya casi no encuentran en las ciudades, jugar al aire libre, descubrir la naturaleza, contactar con animales y con formas de vida diferentes a las urbanas. Las experiencias en este tipo de entorno son enriquecedoras y dejan recuerdos imborrables.

Para los buscadores de inspiración creativa, sea para la escritura, la pintura, la fotografía o cualquier otra forma de expresión, Cabezabellosa ofrece un entorno particularmente fértil. La belleza del paisaje, la calma propicia a la concentración, los detalles arquitectónicos y humanos dignos de observación atenta, todo invita a la creatividad y al desarrollo de proyectos personales.

Para los aficionados a la fotografía, especialmente, este es un paraíso. Cada hora del día tiene su luz característica, cada estación del año sus colores particulares, cada rincón del pueblo y de su entorno sus posibilidades de composición. Los atardeceres desde los miradores, los castañares en otoño, las casas con sus elementos arquitectónicos típicos, las personas con su vida cotidiana auténtica, son temas que ofrecen posibilidades fotográficas prácticamente inagotables.

Para los aficionados a la astronomía, las noches estrelladas de Cabezabellosa son una experiencia que merece el viaje por sí sola. La calidad del cielo nocturno en este pueblo, gracias a su altitud y a su alejamiento de fuentes de contaminación lumínica importantes, permite observaciones que en otros lugares serían imposibles.

La huella que Cabezabellosa deja en sus visitantes es la huella de la autenticidad, del contacto con un modo de vida que ha conservado lo esencial mientras se ha adaptado a los tiempos modernos, de la belleza natural en estado prácticamente puro, de la cordialidad humana sin artificios. Esa huella es cada vez más valiosa en un mundo donde tantos lugares han sacrificado su identidad en aras de un turismo rápido y superficial.

Volver a Cabezabellosa se convierte en una necesidad para muchos de los que ya lo han conocido. La memoria de sus calles empinadas, de sus paisajes serranos, de sus gastronomías reconfortantes, de su gente acogedora, va componiendo poco a poco esa imagen interna del lugar que invita a regresar cada cierto tiempo. Y cada nueva visita aporta matices distintos: en primavera con el verde tierno renaciendo, en verano con los baños en las gargantas y las largas tardes en las plazas, en otoño con los castañares en su explosión cromática, en invierno con el silencio nevado y el fuego en los hogares.

Esta es la grandeza de los destinos verdaderos: no se agotan, no se reducen a un puñado de imágenes turísticas, no se pueden encapsular fácilmente. Son lugares que crecen con uno, que ofrecen experiencias distintas según el momento vital y el estado de ánimo con el que se llega. Y por eso son tan valiosos. Por eso merece la pena hacer el esfuerzo de descubrir lugares como Cabezabellosa, aunque queden algo apartados de las rutas más concurridas, aunque requieran un poco más de planificación.

Cabezabellosa, en definitiva, es mucho más que un punto en el mapa de la Sierra de Tras la Sierra cacereña. Es un lugar con historia, con personalidad, con alma. Un balcón natural privilegiado, un refugio de autenticidad cultural, una despensa de productos auténticos, una comunidad acogedora. Un lugar que merece ser descubierto, disfrutado y respetado. Un lugar que, una vez conocido, queda grabado en la memoria del visitante como uno de esos rincones especiales a los que siempre se desea volver.

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