En San Vicente de Arevalo viven 171 personas según el padrón de 2025, en un término municipal de 16,0 kilómetros cuadrados. La densidad, 10,7 habitantes por kilómetro cuadrado, queda muy por debajo de la media española.
Se asienta a 877 metros sobre el nivel del mar, altura suficiente para que el invierno se note y el verano resulte llevadero.
Lo que Cuentan los Censos de San Vicente de Arevalo
El registro disponible empieza en 2001 con 229 habitantes. Ese sigue siendo su máximo registrado.
Hoy son 171, un 25 % menos que en aquel momento de máxima población.
En los últimos años la tendencia se ha dado la vuelta: de 169 habitantes en 2022 ha pasado a 171 en 2025.
Datos de San Vicente de Arevalo de un Vistazo
- Provincia: Ávila
- Población: 171 habitantes (padrón de 2025)
- Superficie: 16,0 km²
- Altitud: 877 metros
- Coordenadas: 40,9678 N, 4,8000 O
- Código INE: 05231
- Ayuntamiento: www.sanvicentedearevalo.es
Datos de población, superficie y altitud: Instituto Nacional de Estadística y Wikidata, serie desde 2001.
San Vicente de Arévalo
Un lugar con alma
En el corazón de la comarca de La Moraña, donde la llanura castellana se extiende como un mar dorado bajo el cielo azul, se alza San Vicente de Arévalo, un pueblo sereno y lleno de historia que guarda en sus calles el espíritu más auténtico de la provincia de Ávila. Este rincón de Castilla, atravesado por la calma y el trabajo del campo, representa la esencia de una tierra que ha sabido conservar su identidad a lo largo de los siglos.
El paisaje que rodea al pueblo está marcado por los campos de cereal, los caminos rurales y los horizontes infinitos. El viento, siempre presente, trae consigo el aroma de la tierra y el sonido de los trigales que se mecen al compás de las estaciones. Desde lejos, la silueta de su iglesia parroquial se eleva como un faro sobre el llano, recordando que aquí, en medio de la vastedad, el tiempo tiene otro ritmo.
Llegar a San Vicente de Arévalo es como detenerse en una fotografía viva de la Castilla eterna. Las casas de piedra y adobe, las fachadas encaladas y las calles estrechas invitan al paseo sin prisa. Sus vecinos, amables y cercanos, conservan el valor de la palabra, del saludo y del encuentro. En este pueblo, el alma castellana se siente en cada rincón: en el silencio de las tardes, en el trabajo del campo, en las fiestas compartidas y en el orgullo de pertenecer a una tierra antigua.
San Vicente de Arévalo no es un lugar que se visita, sino que se vive. Un pueblo donde la historia, la naturaleza y la tradición siguen escribiendo su historia día a día.
Patrimonio que perdura
El patrimonio histórico y artístico de San Vicente de Arévalo es testimonio de su pasado agrícola, religioso y humano. El monumento más destacado es la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, un bello ejemplo del mudéjar abulense, con muros de ladrillo y piedra que combinan sencillez y elegancia. Su torre se alza sobre la plaza, visible desde los campos circundantes, y su interior guarda un hermoso retablo barroco, tallas antiguas y un ambiente de recogimiento que refleja la profunda fe de sus habitantes.
El casco urbano conserva el encanto de la arquitectura tradicional morañega. Las casas, construidas con adobe, ladrillo y madera, se agrupan en torno a la plaza mayor, corazón del pueblo y punto de encuentro de vecinos y visitantes. En esta plaza se celebran las fiestas, los mercados antiguos y las verbenas de verano, donde la vida transcurre al aire libre, como desde hace generaciones.
A las afueras del pueblo, el visitante puede encontrar varios lavaderos antiguos, fuentes de piedra y puentes rurales que cruzan pequeños arroyos y caminos. Estas construcciones sencillas pero cargadas de historia muestran el modo de vida campesino que ha definido a San Vicente durante siglos.
También se conservan restos de antiguas eras de trilla, corrales y palomares, que forman parte del paisaje cultural y recuerdan la importancia de la agricultura y la ganadería como sustento principal del pueblo. Cada piedra, cada portal y cada muro de adobe cuenta una historia de esfuerzo, trabajo y comunidad.
San Vicente de Arévalo es un museo vivo del pasado rural castellano, pero no un museo inmóvil: es un pueblo que respira historia sin dejar de mirar al futuro.
Naturaleza en estado puro
El entorno natural de San Vicente de Arévalo es una invitación al sosiego. Rodeado por los amplios horizontes de La Moraña, el paisaje se caracteriza por sus campos de cereal, sus caminos infinitos y sus atardeceres de fuego que parecen no tener fin.
A primera vista, la llanura puede parecer sencilla, pero quien se detiene a observar descubre una riqueza natural sorprendente. Los campos están salpicados de encinas, álamos y chopos, que ofrecen sombra y cobijo a numerosas especies. Los pequeños arroyos y humedales que atraviesan la comarca son refugio de aves como cigüeñas, garzas, alcaravanes y milanos, convirtiendo la zona en un paraíso para los amantes de la ornitología y la fotografía rural.
Los caminos agrícolas que parten del pueblo son perfectos para practicar senderismo o rutas en bicicleta, ideales para quienes buscan desconectar del ruido urbano y reconectar con la tierra. El aire limpio, la paz del entorno y la inmensidad del cielo invitan a perder la noción del tiempo y dejarse llevar por la calma del paisaje.
En primavera, los campos estallan en color, con amapolas y flores silvestres que llenan de vida los márgenes de los caminos. En verano, el dorado del cereal domina la vista; en otoño, las labores de cosecha tiñen el ambiente de movimiento y aroma a tierra; y en invierno, la niebla y la escarcha cubren el llano con una belleza sobria, casi poética.
La fauna local también enriquece la experiencia: liebres, zorros, perdices y aves rapaces conviven en equilibrio con la actividad humana. Al atardecer, los cielos abiertos de San Vicente se convierten en un lienzo de colores intensos, y las cigüeñas, que anidan en los campanarios, regresan en vuelo lento, marcando el final del día.
San Vicente de Arévalo es una muestra viva de que la naturaleza castellana no necesita montañas para ser grandiosa: su fuerza está en el silencio, en el horizonte y en su luz infinita.
Costumbres que viven
Las tradiciones de San Vicente de Arévalo son el alma del pueblo, una herencia que se mantiene viva gracias al cariño y la participación de sus vecinos. El calendario festivo combina celebraciones religiosas, costumbres populares y momentos de convivencia que refuerzan el sentido de comunidad.
La fiesta más importante es la dedicada a San Vicente Mártir, patrón del pueblo, que se celebra en enero. Durante varios días, el pueblo se llena de vida: se celebran misas, procesiones, verbenas, comidas populares y juegos tradicionales. Los vecinos engalanan las calles, y la plaza mayor se convierte en un punto de encuentro donde no faltan el vino, la música y la alegría compartida.
En verano, tienen lugar las fiestas populares, con actuaciones, bailes y cenas al aire libre. Es un momento de reencuentro para muchos hijos del pueblo que regresan desde otras ciudades para pasar unos días junto a los suyos.
Otras celebraciones destacadas son la Semana Santa, vivida con respeto y emoción, y el Corpus Christi, en el que las calles se adornan con flores y mantones, y los niños acompañan las procesiones con trajes tradicionales.
La matanza tradicional, que se realiza durante el invierno, sigue siendo una jornada de trabajo y celebración. Las familias se reúnen para elaborar chorizos, morcillas y lomos, y compartir una comida abundante que se acompaña con vino tinto de la zona.
También destacan las romerías rurales, las meriendas en el campo y las tertulias en los portales durante las noches de verano, cuando el aire fresco y el cielo estrellado acompañan las conversaciones de siempre.
En San Vicente de Arévalo, las costumbres no son pasado: son presente vivo. Son el latido que une a las generaciones y que da sentido a la vida del pueblo.
Sabores con historia
La gastronomía de San Vicente de Arévalo es tan sencilla como deliciosa, fiel reflejo de la cocina tradicional castellana. Los productos del campo y de la matanza son los protagonistas de una mesa que no conoce artificios, solo autenticidad.
Los platos de cuchara son indispensables: las sopas de ajo, las lentejas con chorizo, los garbanzos con callos o las patatas revolconas con torreznos son el alma de los inviernos fríos. En los días de fiesta, el cordero asado o el cochinillo al horno son los reyes de la mesa, acompañados de pan de horno y vino tinto.
Las migas del pastor, elaboradas con pan, ajo, panceta y pimentón, son otro clásico, al igual que los guisos de caza menor —conejo, liebre o perdiz—, cocinados lentamente con vino, laurel y ajos.
En la repostería destacan los dulces caseros: rosquillas, perrunillas, flores fritas, magdalenas y arroz con leche, elaborados con recetas antiguas transmitidas de generación en generación. En muchas casas se preparan con miel local y huevos de corral, lo que les da un sabor inconfundible.
La comida en San Vicente de Arévalo no se concibe sin compañía. Comer aquí es compartir, es celebrar, es disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Cada plato lleva consigo la historia de la tierra, el esfuerzo de quienes la trabajan y la generosidad de quienes la comparten.
Un destino que deja huella
Visitar San Vicente de Arévalo es adentrarse en el alma de Castilla. Es caminar por sus calles tranquilas, contemplar el horizonte sin fin y descubrir que la belleza no siempre grita: a veces susurra en el viento que pasa entre los trigales.
Este pueblo abulense enseña que el valor de las cosas está en su sencillez. En el saludo de un vecino, en el olor a pan recién hecho, en la paz de una tarde de invierno junto al fuego. Es un destino ideal para quienes buscan turismo rural, naturaleza, descanso y autenticidad, lejos del ruido y cerca de lo esencial.
Aquí, el visitante no encuentra espectáculos, sino verdad. Verdad en la historia, en las tradiciones, en la forma de vivir. San Vicente de Arévalo deja huella no por su tamaño, sino por su alma.
Quien llega, comprende que esta tierra no se olvida: se lleva dentro. Porque San Vicente de Arévalo no solo se visita… se siente, se respira y se recuerda.
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