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Santiago de Compostela es una localidad y municipio de nuestro país, situada en la provincia de La Coruña, siendo la capital de la Comunidad Autónoma de Galicia desde 1982, tras una decisión polí­tica.

Está situada a 65 kilómetros al sur de La Coruña y a 62 kilómetros al norte de Pontevedra. Incluye los antiguos municipios de Conjo y Enfesta. La localidad antigua es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1985.

En ella tiene su sede el gobierno autónomo gallego y el Parlamento. Destaca por ser un destacable núcleo de peregrinación cristiana, junto con Jerusalén y Roma, al señalar la tradición de que allí­ se dio sepultura al Apóstol Santiago el Mayor. De especial importancia artí­stica es su Catedral dedicada precisamente al Apóstol Santiago el Mayor. Es también relevante su Universidad, de más de 500 años de historia, la cual concede a la localidad un agradable ambiente estudiantil, con 30.000 alumnos matriculados cada curso. Por otra parte es el fin de la ví­a originariamente construida por el Imperio romano del Camino de Santiago, privilegio que otros conceden a Finisterre. En 2007, Santiago de Compostela fue la quinta localidad menos soleada de nuestro país, con 1.958 horas de sol, según se desprende de los datos de los que dispone el Instituto Nacional de Estadí­stica, recogidos en su anuario estadí­stico.

Compostela es uno de los topónimos más discutidos porque la posibilidad de relacionarlo con el sepulcro del Apóstol Santiago, descubierto supuestamente en el siglo IX por Teodomiro, hace emotivos los razonamientos.

El lugar debió de estar habitado en época prerromana como demuestra el topónimo precéltico Sar, "corriente de agua", la existencia de una mámoa, porta da mámoa, y dos topónimos célticos, Callobre, primitivo nombre del Castro, y Troia de Turobriga, "localidad fuerte". Y de los primeros tiempos de la romanización pueden ser algunas inscripciones funerarias y muchos sepulcros que se colocaban al lado de los trayectos.

Este lugar tuvo tres nombres: Libredón, que para algunos serí­a céltico, "castro del trayecto", y para otros deriva de liberum donum, "libre concesión "; entre los siglos IX y XI se le llama Arcis Marmoricis, que presenta el topónimo Arca, casi siempre indicador de sepulcro en mámoa. Pero en el siglo X los documentos empiezan a hablar de un suburbio Compostella, es decir, una parte de la villa que se llama así­ y que algunos colocan en la actual zona de la Rúa do Franco. Desde el XI el nombre de la zona se extiende a toda la villa.

Desde siempre hubo interpretaciones de este topónimo. Popular fue el de campus stellae, "campo de la estrella", estrella que milagrosamente indica a Teodomiro el lugar. El Cronicón Iriense lo deriva de compositum tellus, "tierra compuesta o hermosa". En el XII la crónica de Sampiro dice Compostella, id est bene composita. En el Códice Calixtino se cuenta la historia de una mujer llamada Compostella presuntamente vinculada a la prédica del Apóstol. Pero siempre fue más aceptada la interpretación de "villita bien hecha", como quizás la dejarí­a la reconstrucción y fortificación del XI tras la destrucción de Almanzor en el 997. Pero Amor Ruibal, recordando el significado de compositum, "enterrado", que ya aparece en Virgilio, lo interpretó como "lugar donde está enterrado". Crespo Pozo y Luis Monteagudo, por fin, lo consideran prejacobeo, porque aparecen más compostelas por Galicia y lo consideran un compuesto céltico de comboros, "escombros", y steel, "hierro", significando "escorial de minas y herrerí­as, y también relacionándolo con el barrio de la localidad la Estila. Sin embargo, las últimas teorí­as arqueológicas parecen centrarse en el dicho "Compostela, id est bene composita" y ése parece ser el verdadero origen de Compostela.

Compostela se encontraba en el trazado de la ví­a XIX que uní­a Lugo con Iria Flavia. En ese lugar desembocaban desde la época romana las ví­as procedentes de Orense-Chaves y de Monforte-Astorga, al mismo tiempo poseí­a una comunicación rápida con el puerto de La Coruña a través de Ponte Albar-Vista Alegre. Se habí­a generado un cruce de trayectos muy bien compuesto desde época romana. Se puede decir que Compostela era un gran nudo de comunicaciones que articulaba toda la Gallaecia. Lugar apropiado para la construcción del Templo y sede de la capital de Galicia.

Las últimas investigaciones arqueológicas colocan aquí­ el posible enclave romano de Turoptiana, en el entorno de la Plaza de Cervantes y la Casa da Troia.

La historia de Santiago de Compostela se remonta a la prehistoria, la cultura castreña, la llegada de los romanos y, como punto de inflexión, el encuentro del enterramiento del Apóstol Santiago. A partir de ese momento la localidad se conformará en torno al centro de poder representado por el arzobispo de Santiago y su representación fí­sica, la Catedral. El Camino de Santiago marcó desde entonces el devenir de la localidad.

En el territorio que actualmente ocupa la catedral de Santiago existí­a un habitado romano, que se tiende a identificar como la mansión romana de Aseconia y hubo entre la segunda mitad del siglo I y el siglo V. El habitado desapareció pero permaneció una necrópolis reutilizada como cantera que estuvo en uso quizás hasta la época del Reino Suevo de Galicia, llegando hasta el siglo VII.

El nacimiento de Santiago como se conoce ahora está ligado al descubrimiento de los restos del Apóstol Santiago entre el 820 y el 835, la elevación del rango religioso de los restos, la Universidad y, en la actualidad, la capitalidad de Galicia.

La figura que se convirtió en patrón de nuestro país en el siglo XVII, opositando con otras tan señeras como Santa Teresa de Jesús, y que continúa siendo capaz de atraer desde hace más de dos milenios hacia una punta occidental de Europa a millares de peregrinos de todo el mundo por los trayectos de la devoción, la curiosidad, la cultura, la búsqueda personal o cualquier otra razón, no sólo era el fruto de "pescador de hombres", como le pronosticara Jesús. Aunque su biografí­a sí­ se haya en el vértice de una rescogión naciente y luego masiva, o en el de un joven continente europeo que buscaba definir su identidad en trayectos de divergencia-convergencia similares al despliegue-repliegue de los surcos de la venera o vieira del peregrino.

Según una tradición medieval, como aparece por primera vez en la Concordia de Antealtares, el eremita Pelayo, alertado por luces nocturnas que se producí­an en el bosque de Libredón, avisó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien descubrió los restos de Santiago el Mayor y de dos de sus discí­pulos en el lugar en que posteriormente se levantarí­a Compostela, topónimo que podrí­a venir de Campus Stellae, o más posiblemente de Composita tella, eufemismo por cementerio. El descubrimiento propició que Alfonso II, necesitado de cohesión interna y apoyo externo para su reino, hiciera un peregrinaje --anunciado en el interior de su reino y en el exterior-- a un nuevo lugar de peregrinación de la cristiandad en un momento en que la importancia de Roma habí­a decaí­do y Jerusalén no era accesible al estar en poder de los musulmanes.

Poco a poco se fue desarrollando la localidad. Primero se estableció una comunidad eclesiástica permanente al cuidado de los restos, formada por el obispo de Iria y los monjes de Antealtares, en la que espontáneamente se asentó un población heterogénea, aunque fundamentalmente estaba formada por emigrantes procedentes de las aldeas próximas y fue aumentando a medida que progresaba la peregrinación por razones religiosas por todo el Occidente peninsular, reforzada por el privilegio concedido por Ordoño II en 915 por el que se establecí­a que cualquiera que permaneciera cuarenta dí­as sin ser reclamado como siervo pasaba a ser considerado como hombre libre con derecho a residir en Compostela. El primer habitante conocido de Compostela es, de hecho, un extranjero: Bretenaldo Franco, cuya mención más antigua corresponde al año 955.

El santuario fue adquiriendo relevancia polí­tica. De este modo allí­ fueron coronados monarcas del Reino de Galicia y del Reino de León como Sancho Ordóñez; Ordoño IV, Sancho I o Bermudo II. La localidad fue creciendo y Sisenando II la fortificó en el año 969, conformando lo que se conoció como Locus Sancti Iacobi. Dado el auge que estaba cobrando, la localidad fue destruida por Almanzor el 10 de agosto del año 997, el cual sólo respetó el sepulcro del apóstol. Al volver los personas registradas comenzó la reconstrucción y, a mediados del siglo XI, el obispo Cresconio dotó a la localidad de un recinto de fosos y una nueva muralla, sobre el antiguo anillo de empalizadas para proteger los nuevos barrios que habí­an surgido alrededor del Locus. Por otra parte, reivindicó para ella la condición de Sede Apostólica.

El año 1075 el obispo Diego Peláez dio comienzo a la construcción de la catedral románica. El aumento del peregrinaje hace de Compostela un lugar de referencia religiosa en Europa, lo que aumenta su importancia, y la localidad se ve recompensada también polí­ticamente al alcanzar, en la época del arzobispo Diego Gelmí­rez, la categorí­a de metropolitana para la iglesia compostelana. La autoridad de la Iglesia de Santiago se extendí­a sobre la mayor parte de las diócesis del naciente reino de Portugal y sobre la mayorí­a de las de León. Santiago era, además, centro de un gran señorí­o feudal gobernado por los obispos de Compostela, que iba desde el rí­o Iso hasta el Atlántico. Desde Santiago se organizó la resistencia armada frente a las invasiones normandas, los cuales conocí­an al Reino de Galicia como Jakobsland.

Un hecho destacable, desde el punto de vista polí­tico, fue la coronación por Diego Gelmí­rez de Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII, en la catedral compostelana como rey de Galicia. Desde el punto de vista religioso, sin embargo, hay que resaltar la concesión del privilegio del Año Santo Jubilar Jacobeo mediante la bula Regis Aeterni del papa Alejandro III en 1181. Desde el punto de vista social, cabe mencionar el prematuro levantamiento burgués contra Gelmí­rez y la reina Urraca en 1117.

En estos años se redactó el Códice Calixtino, un conjunto de textos reunidos en los años finales del arzobispado de Gelmí­rez y que se presentaba como de la autorí­a del papa Calixto II, fuente fundamental de la historia de la peregrinación a la tumba del apóstol.

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