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íƒÂvila es una localidad espaíƒÂ±ola situada en la Comunidad AutíƒÂ³noma de Castilla y LeíƒÂ³n, capital de la provincia homíƒÂ³nima.

í‚«íƒÂvila de los Caballerosí‚» es un tíƒÂ­tulo honoríƒÂ­fico de la localidad. Otro, es í‚«íƒÂvila del Reyí‚», y aíƒÂºn otro í‚«íƒÂvila de los lealesí‚», todas estíƒÂ¡n presentes en la bandera de la localidad.

La localidad se caracteriza especialmente por tener una muralla medieval completa, romíƒÂ¡nica.

TambiíƒÂ©n es una de las localidades con mayor níƒÂºmero de iglesias y de establecimientos hosteleros en relaciíƒÂ³n al níƒÂºmero de sus personas registradas.

Es considerada por muchos como la localidad de í‚«Cantos y de Santosí‚». De ella dijo el escritor JosíƒÂ© MartíƒÂ­nez RuíƒÂ­z, í‚«AzoríƒÂ­ní‚», tras escribir í‚«El alma castellanaí‚», que era í‚«quizíƒÂ¡ la localidad míƒÂ¡s siglo XVI de EspaíƒÂ±aí‚».

El escudo de íƒÂvila consiste en un campo de gules o rojo en el que aparece representado el rey Alfonso VII en el íƒÂ¡bside de la Catedral de íƒÂvila junto al lema: í‚«íƒÂvila del Rey, de los leales, de los caballerosí‚»

Situada a 1.131 m de altura, en un promontorio rocoso a la orilla derecha del ríƒÂ­o Adaja, afluente del Duero, es la capital de provincia míƒÂ¡s alta de EspaíƒÂ±a. Su tíƒÂ©rmino municipal abarca 231,9 km킲 y el gentilicio con el que se refiere a sus personas registradas es í‚«abulenseí‚» o í‚«avilíƒÂ©sí‚», con sus plurales í‚«abulensesí‚» y í‚«avilesesí‚».

Bordea: al norte con los municipios de CardeíƒÂ±osa, MingorríƒÂ­a, San Esteban de los Patos, TolbaíƒÂ±os, Berrocalejo de Aragona, Mediana de Voltoya y Ojos-Albos, al este con el de Santa MaríƒÂ­a del Cubillo, al sudeste con los de Navalperal de Pinares y El HerradíƒÂ³n de Pinares, al sur con el de Tornadizos de íƒÂvila, al suroeste con el de GemuíƒÂ±o, al oeste con los de El Fresno, La Colilla, Martiherrero y MarlíƒÂ­n y al noroeste con los de Bularros y Monsalupe.

La localidad se haya situada entre la fosa y el valle de AmblíƒÂ©s. Las precipitaciones anuales son bajas comparíƒÂ¡ndolo con zonas colindantes; esta sombra pluviomíƒÂ©trica implica que el caudal del ríƒÂ­o Adaja estíƒÂ© príƒÂ¡cticamente seco varios meses del aíƒÂ±o y que la localidad haya tenido histíƒÂ³ricamente problemas de abastecimiento de agua.

El nombre de la localidad tiene su origen en los pueblos y tribus que han habitado durante milenios la provincia. Los primeros fueron los vetones, que la llamaron íƒÂ“bila, siendo uno de los castros míƒÂ¡s destacables de esta tribu, junto con Sanchorreja, Berrueco, Mesa de Miranda, Las Cogotas, El Raso y Ulaca. Los vetones dejaron vestigios por toda la geografíƒÂ­a de la provincia de íƒÂvila, especialmente en forma de verracos.

MíƒÂ¡s tarde la poblaron los romanos, díƒÂ¡ndole el nombre de Abila o Abela. Los romanos dejaron tambiíƒÂ©n su huella en la localidad, que consistíƒÂ­a por entonces en el actual casco viejo, la parte rodeada por las murallas. Calzadas, mosaicos o la plaza del Mercado Grande, o El Grande, son parte de los restos romanos que pueden contemplarse en la actualidad.

El interior de la localidad aíƒÂºn mantiene el trazado tíƒÂ­pico de las localidades romanas tipo hiberna, de contorno rectangular, con dos calles principales que se cortan ortogonalmente en el centro donde estaba el foro. Actualmente este trazado aparece síƒÂ³lo parcialmente modificado, reconociíƒÂ©ndose fíƒÂ¡cilmente antiguas entradas romanas en las puertas de San Vicente y Gonzalo DíƒÂ¡vila, donde los cubos defensivos originales fueron conglobados en la muralla medieval. TambiíƒÂ©n se manposeen las manzanas cuadrilongas recuerdo de las insulae romanas.

El Cardo míƒÂ¡ximo corresponde a la actual Calle de VallespíƒÂ­n; mientras que el Decumano míƒÂ¡ximo lo constituiríƒÂ­an la Calle de los Caballeros y la Calle de Bracamonte. Todas ellas confluyen en el í‚«Mercado Chicoí‚» que fue el antiguo foro. Por su parte, la necríƒÂ³polis romana estaba al este, míƒÂ¡s allíƒÂ¡ de la Calle de San Segundo, de modo que en toda esa parte de la muralla se pueden observar piezas funerarias reaprovechadas como materiales de construcciíƒÂ³n: estelas, aras, cipos, í‚«verraquitosí‚» y cíƒÂ¡psulas cinerarias de granito, incrustados en los lienzos del muro oriental.

Aparte de estas muestras arquitectíƒÂ³nicas, existen numerosos restos ceríƒÂ¡micos, monedas y otros objetos arqueolíƒÂ³gicos representativos de la vida cotidiana en la AntigíƒÂ¼edad.

Los primeros asentamientos visigodos en la peníƒÂ­nsula se consideran geogríƒÂ¡ficamente muy cerrados. SegíƒÂºn Palol y sus estudios, los asentamientos visigodos en EspaíƒÂ±a comprenden las localidades de Burgos, Soria, Guadalajara, Toledo, íƒÂvila, CíƒÂ¡ceres, Madrid y Palencia, lo que induce a pensar que la elecciíƒÂ³n de estos asentamientos fuera estratíƒÂ©gica. Aunque su ubicaciíƒÂ³n concreta no estíƒÂ¡ determinada en la localidad de íƒÂvila, se cree que fue una de las plazas fuertes de la íƒÂ©poca visigoda. Durante los siglos VI y VII no hubo conflictos reseñables en la localidad.

Los visigodos utilizaban la tierra para cultivar cereal y alimentar a la ganaderíƒÂ­a, segíƒÂºn se puede observar en las pizarras encontradas en la localidad de Diego íƒÂlvaro. La importancia de íƒÂvila en este periodo se debe a su caríƒÂ¡cter religioso, segíƒÂºn la documentaciíƒÂ³n existente que detalla la intervenciíƒÂ³n de los prelados de Abela en los concilios toledanos.

Corrobora el devenir visigodo en íƒÂvila el templo de Santa MaríƒÂ­a de la Antigua. Las críƒÂ³nicas registran que este monasterio fue fundado antes del aíƒÂ±o 687, siendo monasterio mixto hasta la llegada de los íƒÂ¡rabes. Su importancia era tal que se cita como el lugar donde muriíƒÂ³ Santa Leocadia, hija del Rey Wamba. En esta iglesia estaríƒÂ­a enterrado tambiíƒÂ©n el duque Severiano, un noble visigodo.

No se puede precisar por falta de datos las circunstancias y vicisitudes durante la etapa de dominaciíƒÂ³n musulmana ni tampoco concretar la relaciíƒÂ³n social, econíƒÂ³mica, cultural, políƒÂ­tica y religiosa que pudieran tener esta creencia en íƒÂvila, cuyo nombre íƒÂ¡rabe fue í„€bila. Lo íƒÂºnico que parece seguro es que durante los primeros aíƒÂ±os de la invasiíƒÂ³n musulmana la localidad se convirtiíƒÂ³ en un punto estratíƒÂ©gico, siempre deseada por íƒÂ¡rabes y cristianos como enclave defensivo, y los enfrentamientos por su posesiíƒÂ³n fueron permanentes. Hubo incursiones de los reyes cristianos en la localidad despuíƒÂ©s de la ocupaciíƒÂ³n musulmana pero no llegaron a asentarse. Alfonso I y su hijo Fruela llevaron a cabo algunas expediciones llegando a entrar en la localidad sin íƒÂ¡nimo de permanecer, míƒÂ¡s bien con intenciíƒÂ³n de destruir las defensas, recaudar botíƒÂ­n y a la vez, aprovechando que los habitadores cristianos de la localidad seguíƒÂ­an al rey en su repliegue, obteníƒÂ­an habitadores para las tierras ocupadas y guerreros para la defensa de los reinos cristianos.

Tras estas incursiones, se suceden en íƒÂvila tres siglos de los que se conocen pocos aconteceres. íƒÂvila, como otras poblaciones de la meseta, debido a que queda en tierra de nadie, sujeta a las sucesivas expediciones de unos y otros, con la consiguiente destrucciíƒÂ³n de campos y poblaciones, quedíƒÂ³ príƒÂ¡cticamente deshabitada. Desde el siglo VIII estas zonas o localidades pueden considerarse enl llamado "desierto estratíƒÂ©gico" en el que hubo un fuerte despoblamiento, convirtiíƒÂ©ndose a su vez en tierra de nadie y siendo escenario de las correríƒÂ­as de ambas fuerzas.

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